Los Ciclos en la Economía

Está probado: la economía responde a cualquier alteración, llámese crisis, desastre natural, escasez, abundancia por igual. De algún modo, el ciclo completa su trayectoria de descomposición de variables y en algún momento ajusta cierto ritmo que resuelve...

15 de febrero, 2021

Está probado: la economía responde a cualquier alteración, llámese crisis, desastre natural, escasez, abundancia por igual. De algún modo, el ciclo completa su trayectoria de descomposición de variables y en algún momento ajusta cierto ritmo que resuelve la estructura original o la regula o la mejora. Abundan desde luego casos representativos en la historia que ejemplifican esta aseveración. El recuerdo de la Gran Depresión de los años treinta es insigne en el desequilibrio del ahorro y la inversión, como insigne también resultó el papel del gasto público en el rescate y recomposición de la economía estadounidense.

Años más tarde, 1974 para ser exactos, nueve países conformaron un bloque alrededor del petróleo, que tal vez se concebía como un bien que respondía a la oferta constante y con la fluidez de las décadas en uso y con precios perfectamente equiparables a la demanda de la industria en el mundo. Estos nueve países crearon un fenómeno que derivó en una interpretación global como “embargo” trascendiendo en los años que siguieron como Embargo Petrolero. El mundo industrializado no estaba preparado para incorporar los precios nuevos elevados de la noche a la mañana, dispuestos por esta nueva organización. Tan solo en 1974 se crearon reservas en dólares por 55 000 millones a favor de este cartel. 

A partir de ese momento, todavía en 1974, las reservas de reciente creación precisaban de destino en mercados de dinero y de capital. Revivía la fórmula ya conocida desde 1953 en un banco francés cuyo cable siempre fue reducido a eurobank, de tal modo que todo depósito que saliera del control de la Reserva Federal de los Estados Unidos, se denominaba eurodólar por comodidad y referencia. Pero, en los momentos cruciales de destino de las reservas, Francia tenía en su estructura de Banca Central, encaje legal. Inglaterra, entonces, que no sujetaba ningún depósito a ningún encaje, se convirtió en la sede de las reservas mencionadas, al tiempo de controlar eurodólares que nada tenían que ver o responder ante la Fed norteamericana.

Lo anterior impulsó un mercado primario en los bancos de depósito y uno secundario en los llamados “Merchant Banks” o “Consortium Banks”, que tomaron ventaja de las enormes reservas que llegaban del oriente medio para convertirse en “takers” y participar en sindicatos bancarios que financiaban proyectos en todo el orbe. La tasa LIBOR, por debajo de PRIME, la tasa doméstica norteamericana, se diseminó por utilizar un término simple, fondos en todo el mundo, financiando gobiernos y empresas por igual. Por algún mecanismo de protección colectiva, se circunscribieron plazos de cinco años, contando con una capacidad de “roll over” o reestructuración en 1979. 

Poco antes de 1979 ya se anunciaba un panorama desalentador en la capacidad del mercado londinense para asimilar grandes remesas. La explicación radica en esa mano invisible que compone producción y uso u oferta y demanda. Los países que conformaron la OPEC (por sus siglas en inglés) demandaron del mundo industrializado infraestructura. Podían comprar Rolls Royce pero no tenían carreteras. Es un ejemplo simplista pero la esencia fue esa justamente. Los arreglos de la economía tomaron el ritmo que ahora conocemos en la exploración de pozos profundos y la dilución gradual del control del mercado petrolero y derivados en el mundo. La hegemonía del mercado londinense también tuvo su dilución gradual desde ese año de reestructuración de los créditos en eurodólares.

Podemos citar innumerables casos de recomposición de la economía, desde crisis inmobiliarias hasta la pandemia que nos lacera el crecimiento y el abasto de necesidades vitales. El mundo tal vez nunca esté preparado para enfrentar lo inesperado, pero lo está en su capacidad de reacción ante la adversidad. En este caso en particular, de pandemia mundial, el enemigo a vencer es seguir la dinámica de continuidad de la vida ordinaria como la conocemos. Naturalmente, el modelo se reduce a la mínima expresión deseable, la que pueda soportar exposición del individuo y márgenes de producción que permitan una recomposición en plazos medios, una vez conocidos todos los factores de riesgo.

En el año que hemos vivido, los gobiernos han medido sus fuerzas y sus capacidades para resolver el aliento de las fases productivas; esto es, no han descuidado las cadenas productivas aún cuando la producción caiga a sus mínimos niveles de subsistencia. Para estas economías progresistas, el resurgimiento de sus variables de crecimiento no partirá de cero. La atención que concentraron en el abasto, en la producción de materias primas, les permitirá en forma gradual, recuperar las cadenas de producción. 

El Banco Central Europeo ha reducido su tasa de reestructuración crediticia hasta anularla, de modo que la absorción del servicio de la deuda, aplazado desde luego, camina pari passu con el acreditado. El desempleo es inevitable pero rescatable en plazos medianos; entretanto, el contrato social que priva en las economías desarrolladas provee de planes asistenciales temporales al desempleo. 

Las grandes economías enfrentan las mismas acechanzas que las medianas o pequeñas; los esquemas de recomposición no difieren en esencia, simplemente el enfoque es de participación activa que contempla dos circunstancias ejemplares: plazos e inversión. Sin estos dos elementos la recomposición sería más lenta y sin la correspondencia gubernamental, entonces el peso de la recomposición recae en los agentes productivos, tarea ardua y solitaria. 

México presenta un cuadro demoledor por la ausencia de participación del gobierno. La transición que vive el país no responde a las necesidades de las cadenas productivas. La orientación del gasto corriente contempla miras aisladas y de nula repercusión en la vida nacional. La inversión pública no existe y las necesidades de la transición en turno son cubiertas con una deuda imparable provocada por el derroche correspondiente en obra innecesaria y metas de compra de voluntades. 

A México le espera la recomposición de su economía cuando se equilibren los poderes y la orientación del presupuesto que originan las Cámaras y los Comités que dependen de estas representaciones ciudadanas. Y más allá de la recomposición de los rubros de gasto y destinos de la inversión pública, será una situación generacional para recomponer el daño causado por esta transición en solo dos años. El ciclo económico vendrá, pero con guía de especialistas y voluntad de cambio.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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