Lo que podemos esperar en términos económicos

Como cada lunes, Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas del gobierno en la economía mexicana.

29 de agosto, 2022 Producto Interno Bruto mexicano

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL, concluyó recientemente que el Producto Interno Bruto mexicano perdió 47 000 millones de dólares desde la llegada al poder de la autollamada “cuarta transformación”. En realidad las cifras no presentan ningún esquema diferente al planteado por diversos organismos internacionales. Desde luego se seccionan los capítulos para referenciar aspectos positivos que dejan atrás la pandemia y otras circunstancias globales que afectan el tema de las economías. Pero, la CEPAL abunda en estas perspectivas y México es de las economías que no recupera su paso en el continente. 

No podemos ignorar estudios y análisis locales e internacionales para señalar un sexenio perdido en materia de crecimiento. El crecimiento vendrá después del 2024. Con esa contundencia se abrevan esquemas e interpretaciones que en realidad llenan espacios alternos en el examen de la economía mexicana. Se concibe un crecimiento inferior al 1% en el conjunto de los sectores que aportan en función primaria, secundaria y terciaria, que incluye toda la actividad económica desde manufactura hasta servicios, en forma anualizada. Podrá ser un repunte pero no es crecimiento sostenido. No es desalentar las cadenas productivas para desligarlas de la oferta, pero el incentivo de producción carece de estímulos y de señales desde el gobierno.

México se encuentra en un compás de espera; la espera da giros en torno a un discurso que siembra verdadera desorientación en el clima de la inversión. El gobierno no encuentra acomodo en ningún modelo económico. La sombra que persigue al país desde 2018 en un pronunciamiento que elevaba prioridades a los negocios públicos por encima de los privados, hoy cobija fuga de capitales, incertidumbre jurídica y una magra invitación al capital. El tránsito del capital confunde aspectos de inversión directa del exterior con capitalización de utilidades y las cifras que divulga el gobierno en turno mezclan un triunfalismo sin redención ni destino con la verdadera esencia de la inversión, que no llega. 

No se alienta la inversión porque las reglas no son claras. Un día se recibe una misión de la Casa Blanca, se anuncian prerrogativas y programas. Al día siguiente surge una confrontación que diluye o segrega puntos de acuerdo. Podrán no ser situaciones específicas pero un solo pronunciamiento mañanero deshace expectativas. Ese tránsito de humores reúne cuatro años y añade al compás de espera. Las ocurrencias han costado recursos y tiempo; los primeros se agotan y el tiempo no da para más de lo mismo. 

El discurso no puede ocultar una inflación desbordada, no puede borrar las consecuencias de cancelaciones, no puede eludir los costos de construcciones inútiles, no puede disfrazar de inversión pública el derroche por triplicado de obras destinadas al fracaso. La improvisación sin programa es una condena generacional en la recomposición de la escena nacional. Tal vez la conciencia de fondo no exista en términos de la realidad de una nación que todavía conserva en su producción, visos de capitalización y de profunda devoción al trabajo y a la función de repatriación del capital. Pero el acecho cotidiano del señalamiento no se aleja. Esta transición ha buscado todos los medios para intercalar y acotar la función productiva. 

El corto y mediano plazo centra la atención en obligaciones, contractuales las más, iniciando por el T-MEC. México reta, su gobierno desde luego, aspectos que nada tienen que ver con compromisos signados con las potencias del norte; las medidas comerciales de intercambio no invaden soberanía como tampoco reservan dominio en área alguna. El ambiente de suspenso no ayuda a las mesas de negociación en ninguna fase de consulta, como tampoco permite el desarrollo de una estrategia, porque simplemente no existe estrategia ante un planteamiento de franco reclamo con bases firmes. Los tratados comerciales obedecen a reglas y tecnicismos y no tienen orientación ideológica como pretende el presidente. 

En lo que esto sucede, el gobierno sigue gastando mucho y mal. El déficit fiscal, ya rebasó la meta del 3% del PIB y se sitúa en 3.6%. Los desvíos presupuestales a PEMEX y a la SENER suman 38,000 millones de pesos. En este espacio se ha abundado en la quiebra más que técnica de la petrolera y los espacios dedicados a Dos Bocas resultarían reiterativos para destacar su inviabilidad. De los rubros que desatiende esta gestión en materia educativa y de salud, las consecuencias han sido lamentables y otra vez, generacionales. El contrato social emerge con partidas que desbocan el gasto corriente y las consecuencias de endeudamiento señalan una carga sin medida en el servicio de la deuda. 

La deuda nueva, la de este gobierno únicamente, suma 2.3 billones de pesos. Podemos sumar pasivos contingentes en los arbitrajes internacionales que México ha perdido; también sumaríamos los costos que han acumulado pérdidas no programadas en las emisiones de papel y que las calificadoras castigan como también el reducto a bonos basura de mercados secundarios. Estas cifras son escalofriantes ante la irresponsabilidad gubernamental, pero más escalofriante es servir los intereses sin crecimiento de la economía. Si la renta como ingreso del gobierno se vuelve estática, no es posible atender la carga de intereses sin renovar la parte del principal. Si el déficit fiscal se disloca, México puede enfrentar un panorama recesivo o una estanflación severa, estancamiento en la producción con inflación. 

México tiene en su endeudamiento total, comprometido el 53% de su producto. Esto significa que si sumamos todos los bienes y servicios que produce la nación en un período, únicamente contamos con el 47% para cubrir todos los pasivos acumulados por esta transición. El problema es que la deuda crece y el producto de la nación no lo hace al mismo ritmo. A partir del 16 de Septiembre seguramente tendremos una mayor claridad en cuanto al respeto de normas del T-MEC. En cuanto a la apertura de otros mercados, podemos dar por cancelado el esfuerzo de este gobierno. Simplemente no lo contempla por su esquema cerrado de autosuficiencia y respaldo monopólico a las empresas del Estado, una en franco desastre, PEMEX y la otra en la misma ruta sin poder de capitalización, CFE. 

Por todo esto, no habrá crecimiento de la economía hasta que esta transición se vaya. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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