Las “medias tintas” de nuestra economía

Como cada lunes, Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas del gobierno en la economía mexicana.

10 de octubre, 2022 Las “medias tintas” de nuestra economía

Por alguna razón, la economía mexicana ha caminado con un doble discurso en el recorrido de cuatro años que lleva esta transición de gobierno en turno. Si algo sucede en el entorno nacional, inmediatamente se acude al eufemismo de “finanzas sanas” como el llamado que cura todo mal interpretativo, el tipo de cambio y otras acepciones que cubren males reales en el crecimiento económico y derivados naturales que afectan cadenas productivas, empleo y desde luego ahora más que nunca el poder adquisitivo. Si algo sucede en el entorno internacional, entonces sale el tema de las reservas internacionales a cubrir el espectro de las controversias ya presentes y activas de las violaciones al T-MEC y otras circunstancias de cancelaciones de despachos más baratos de energía, privados todos, pero privados de expresión libre desde la Comisión Reguladora de Energía.

La razón de fondo no es nada más el discurso, es la acción gubernamental que aparenta la avenencia deseada por la inversión y el capital, en lo interno y en lo externo, pero en realidad la materia fundamental es ideología que no concuerda con los elementales principios de las economías abiertas. Desde el inicio la cerrazón a las participaciones del capital centraban objetivos en funciones alternas, esto es, concepciones propias que rechazaban méritos que correspondían a la apertura de décadas en el esquema renacido como neoliberal, desechado de inicio como mal endémico e invasivo. De hecho nunca existió un verdadero punto de partida del modelo popular, bajo ningún esquema de construcción, simplemente el modelo adoptó rechazo y con esa premisa disolvió lo creado en reservas y ahorros reales. 

Después de las concepciones alternas, como el aeropuerto Felipe Ángeles que ahora no lo es y nunca lo será, vino la sustitución de instituciones en marcha para amparar el cambio prometido y se instaló el eufemismo destructivo del “Bienestar”, en empresas que no operan, en programas que nunca combatieron la corrupción, en una derrama que interrumpe la verdadera creación del ingreso y en un centralismo devastador. Se insiste una y otra vez en la premisa inicial pronunciada por el presidente: los negocios públicos por encima de los privados, una aberración conceptual equivocada de origen, toda vez que el Estado no debe intervenir en funciones productivas porque la capitalización de esos “negocios” carece de exposición, riesgo y mercado.

Después de las funciones alternas o supletorias de denominación y simulación, la mira inocultable del encierro de los llamados emblemas desde el punto de vista del socialismo: los subsuelos, para revertir las fórmulas del progreso ya incorporadas en una reforma de nuestra energía para alimentar la exploración que no podemos hacer, para conceder espacios de tecnología que no tenemos y para acelerar la no dependencia de fósiles. Viene entonces la simulación más grave, la soberanía a cubrir las acciones irresponsables del rechazo sistemático a la globalidad que nutre día a día nuestra extensa participación activa en mercados comprometidos con socios y no socios por igual.

Todas estas expresiones de la demagogia aluden a un sintomático recurso de dualidad contrapuesta. Si el reclamo empresarial sube de tono o la Casa Blanca visita con frecuencia Palacio Nacional, entonces descansa el micrófono descalificador con una pantalla que refleja lo que el discurso evocó en la inconformidad, con datos superpuestos a la realidad. Este proceder agota en sentido estricto, pero no cede la intemperancia como fin último. Tal parece que corona los caminos itinerantes de la expresión férrea de una nomenclatura cifrada en la descomposición social como contrapunto a la integración con el concierto de naciones libres y en franco intercambio.

Las dosis suministradas de pensamiento contrario al de una ciudadanía inscrita en la aspiración y en el idealismo de superación, se han manejado con presencias ofensivas a la prédica de libertad y de inscripción al mundo de las ideas. La revolución de las conciencias no existe por simple expresión, no puede darse en un entorno cautivo una expresión plural; el problema en el que estamos inmersos es precisamente el de la adscripción irredenta a la expresión de un individuo. Hemos visto cómo el talento se aleja de esta fórmula opresora. Diferir es consecuencia natural en la consecución de un proyecto. Abandonar es signo inequívoco de que la fórmula es precedida por una sola voluntad separada de cualquier posibilidad de corrección.

Los casos de abandono de talento a esta imposición de cuatro años son numerosos. La precariedad ha sustituido el talento creativo y las sustituciones se alejan de la función de mando. La consecuencia es un natural desvío de objetivos. El descarrilamiento de la eficiencia es notable y repercute en dispendio sin resultados. El fracaso en gasto público sin destino ya marca un final desastroso en dos años de gestión con obra sin funcionalidad y sin contribución alguna al valor agregado. No existen comités de revisión de gasto; las auditorías del propio gobierno detallan el abuso del recurso público y la opacidad en su aplicación. 

Nuestra economía, desde el ámbito gubernamental carece de rumbo. Los monopolios están acabando con el haber nacional. Esta circunstancia de medición de fuerza -ya anotado en espacios previos- entre esta transición y el sector empresarial, está descansando en las controversias instadas desde el exterior y bajo un tratado vigente. La aparente indolencia del sector productivo refleja una actitud pasiva toda vez que el arreglo no será en beneficio del gobierno, pero tampoco de México. No actuar tendrá consecuencias. Apostar al tiempo y la culminación de esta etapa de poder, no es fórmula plausible de cordura. De momento vivimos alteraciones de orden mundial, pero se curan. La inflación es un fenómeno de orden y decisión, pero de muchos. El populismo no es un fenómeno, es una disrupción del orden social y no tiene cura. Tiene erradicación pero no cura. El populismo aísla y su cura no es de muchos, como muchos piensan. Es decisión del país que lo tiene dentro. 

La transición actual no solamente juega con los tiempos, juega con los tiempos ajenos a los nuestros y lo demuestra imponiendo personalidades ajenas al concierto de naciones, ajenas al esquema de una globalidad que hoy reclama por la vía institucional porque todavía existe. Estas personalidades no construyen, asienten, recopilan y reportan para la conducción de sus actos y expresiones. Esto nos deja en esa mediocridad que se conoce como “medias tintas”. Nos define con un discurso explosivo y una asociación a medias. Nada para nadie.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
PEMEX nació en 1938 en un ambiente de negocios tan incierto como el de hoy en día; cuando terminaron Los Locos Años 20 con su carga de cambios institucionales y organizativos tales como los de las reformas roosvelianas desafiantes de las normas establecidas embalada en la creatividad propia del tremendo y mortífero holocausto que se aproximaba. Dio sus primeros pasos contextualizado por la conflagración internacional, pero particularmente comprometido con el corporativismo de Lázaro Cárdenas. Cuando comenzó a pisar esta tierra, también internalizó el modelo mental compartido del Nacionalismo Revolucionario derivado de la cultura mestiza; por lo que fomentó la xenofobia como daño colateral acompañante de la promesa del progreso independiente. Vivió una infancia cobijada por la desgracia ajena de los países beligerantes, porque en 1939 las ventas al exterior de PEMEX representaron casi la mitad (49%) de los ingresos por la exportación correspondiente. Este infante, se ilusionó con la soberanía nacional duradera e imperturbable que produjo el espejismo del Nacionalismo Revolucionario por obra del chovinismo creyente en una identidad nacional patriotera. Se desarrolló durante 1946/1970 sobredimensionando los costos de producción especialmente en las regiones de Tamaulipas y Veracruz. Su estilo de desarrollo fue el Desarrollo Estabilizador mediante el agrandamiento de la demanda interna a causa de un PIB mismo período en promedio anual de 6.2%. Entonces se institucionalizó la economía rentista gracias a una renta petrolera usufructuada en primer lugar por la oligarquía del mismo género; y luego por los empresarios segundones; y después por los consumidores. La gasolina más barata del mundo debilitó su musculatura mediante el subsidio gubernamental que repercutió negativamente en las finanzas públicas porque si los impuestos petroleros representaron en 1940 el 15% de los ingresos fiscales, en 1970 personificaron solamente el 3%. Haciendo caso de los preceptos liberales, se inició el empobrecimiento del Estado, al mismo tiempo que el enriquecimiento del mercado rentista. El Desarrollo Estabilizador institucionalizó y organizó una sociedad de cazadores de rentas que, esta sí, fue perdurable en la realidad donde el Gran Zombi viviente paseó tranquila y distendidamente. Empobrecimiento del Estado que cavó la sepultura con las palas de la deuda pública y el déficit fiscal para que el zombi pudiera hacer la siesta como complemento integrativo de su paseo. Durante la Docena Trágica de Echeverría y López Portillo, cayó del cielo el mejoramiento de los términos del intercambio, el cual dibujó una sonrisa en el habitualmente circunspecto y algo arrugado Gran Zombi. Pero en 1982 se le borró completamente la sonrisa, porque el precio promedio de petróleo bruto exportado cayó abruptamente a 28.69 dólares. De todas maneras, la economía mexicana se petrolizó iniciando un juego suma cero donde lo que ganaban los cazadores de rentas (algunos de estos multimillonarios), lo perdía el Gran Zombi que le hizo pagar los platos rotos al gobierno dentro de un proceso llamado socialización de pérdidas y privatización de los beneficios. Sin que ello significara matar al Gran Zombi, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas le aplicaron el tratamiento del Ajuste Estructural para confort de su burocracia sindical. Ocurrido en 2001, el Pemexgate consistió en un desvío millonario de fondos del sindicato petrolero, cuyo dinero fue a parar a la campaña presidencial de Francisco Labastida, candidato del PRI en las elecciones del 2000. El Ajuste Estructural terminó por premiar a los líderes de la burocracia sindical, los cuales financiaron la campaña electoral del PRI - todavía partido de Estado - cuyo eje económico esencial fue el Gran Zombi. Al cabo de su senectud, el Gran Zombi registró veintidós años de pérdidas financieras. Los apoyos financieros al mismo durante el actual sexenio sumarán 1.49 billones de pesos. A pesar de esta cuantiosa ayuda gubernamental, el Gran Zombi sigue siendo el más endeudado del mundo con 105.836 millones de dólares. Aplicando una vez más, la política de subsidios globales, pero no puntuales, el gobierno está subsidiando el 35% del costo de la gasolina para beneficiar: (1) a la oligarquía rentista; (2) a los empresarios rentistas segundones; (3) a los consumidores; es decir: para apalancar al auto refuerzo del rentismo nacional. En tanto que fiel sucesora de AMLO, Claudia Sheinbaum no le tocará ni un pelo al Gran Zombi. Si se desentiende de esta fidelidad; será otro cantar.

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