La política económica mexicana, extraviada

El presidente se encuentra extraviado en la multiplicidad de funciones que pretendió abarcar.

28 de febrero, 2022 La política económica mexicana, extraviada

Sería una conclusión simplista aseverar que la economía política de la nación carece de rumbo. En esa carencia sumamos tres años. Ante lo evidente aflora el reclamo, pero este es dosificado y pausado; desde luego, la inversión privada rechaza el proceder de esta transición, pero esta obviedad es resuelta con la cautela debida y con la evaluación del riesgo probable. Al parecer, se establecen las bases de un diálogo que de cuando en cuando gana terreno en la creación de esa fase oculta hoy, que se llama crecimiento económico. Enfrentar una tozudez desde las vicisitudes de la razón y el entendimiento, es una labor callada y redituable, sobre todo cuando el entendimiento no existe en la contraparte que supuestamente conduce las políticas de la nación. 

El tránsito de tres años bajo esta expectativa de reacción, que tampoco existe en un presidente anclado en un pasado cifrado en acervo y experiencia, contrario a la época, permite ver cierta concesión de espacios ante la diversidad inocultable de lo que nos ocupa como país. La referencia a concesión es más que cierta dada la insostenible recurrencia de esta facción en el porvenir de la nación. No se concibe, desde la perspectiva del futuro en suspenso, una continuidad de esta irreverencia hacia todo lo imaginado que conforme conocimiento y desafío al mundo actual. El presidente en funciones no lo acepta. Su cortedad le impide sumar una visión de progreso y de integración. 

La regresión que vive el país tiene arreglo y el equilibrio de poderes fácticos lo sabe y lo custodia como bien preciado en la ruta de una nación que contempla un horizonte ineludible de cambio en menos de tres años. Si la confrontación viene desde el poder, la sociedad da cuenta de ello, la asimila, la devuelve en retazos de intercambio frontal; el camino de la discrepancia sembró madurez de origen, se desquebrajó ante el tono y el insulto creciente del púlpito mañanero. La descalificación ya no puede conservar resguardo de formas. No las hay desde un tiempo atrás. En tanto, la marcha de la inversión en las formas que permiten el libre tránsito de recuperación de productividad, no descansa.

Esta ruta que no necesariamente ha situado un paralelo, descansa sus objetivos en las apremiantes necesidades de mercados latentes y en las convicciones del panorama de comercio e intercambio de bienes y servicios. El mensaje del presidente no ayuda, no contribuye al clima que puja la inversión y el seguimiento a los tratados vigentes; la pugna definitivamente la gana el sector productivo. A pesar de las descalificaciones y los roces con el mundo del capital, el desafío se apoca ante la presencia de actores que no rodean los temas torales. La Casa Blanca actúa sin márgenes de laxitud. Esa consistencia destempla el discurso disperso de un presidente que modela generalidades e improvisaciones.

La ruta que no sigue el gobierno y que como ha sido mencionado, no trabaja en paralelo con las necesidades apremiantes de inversión, es la simple congruencia. Reconocer un día los fundamentos de la inversión y al siguiente lacerar el posible diálogo con la inversión cuantiosa de una potencia europea como España, no provoca el aliento esperado ante un escenario real y contundente en la presencia inequívoca de confianza de décadas. El ánimo de un discurso improvisado y arrancado de emociones y frustraciones, deja en foro de repercusión internacional un semblante de impulso intrascendente en la forma, pero agudo en el fondo. 

No debería concederse viso de normalidad a expresiones como la mencionada, a pesar de conocer su origen y el posible asiento del ímpetu en la historia de resentimiento de quien lo expresa; la soltura no incluye la cavilación profunda de un jefe de estado. No es admisible externar un juicio condenatorio a situaciones coadyuvantes que en otro tiempo y otra forma confiaron sus capitales y experiencias a un país que se ha caracterizado por su afán progresista. La ideología confusa y abstrusa a la vez, que profiere este presidente en turno, confunde en sentimientos reservados y estrictamente personales, la voz de una nación que no se arrostra para reclamar la vida institucional injuriada por esta transición. 

La política económica no se basa en pronunciamientos estériles y vanos; la política económica no es de complacencia temporal como lo hace esta transición al difundir supuestos avenimientos y entendimientos cuando las potencias del orbe nos visitan. El refugio del mensaje débil siempre es contestado con voces firmes del exterior. La escena del interior puede acudir a la doble intención del mensaje por estimar y aquilatar la prudencia del empresariado mexicano, tradición bien ganada, aún cuando la etapa de las concesiones se agota después de tres años de pasmo y de inacción de gobierno.

El terreno del desvío brutal de recursos a la supuesta cobertura del Contrato Social, ya desborda límites infranqueables del haber público; impera el desorden y la intermediación perversa que aceleró la descomposición de padrones serios y controles en la dispersión del recurso. La centralización de funciones ejecutivas ya rebasó la expectativa de cobertura en salud y protección. El presidente se encuentra extraviado en la multiplicidad de funciones que pretendió abarcar; su obra insignia no avanza y se ve seriamente amenazada con posible renuncia o cancelación. 

En el espacio anterior se hizo una alusión al tiempo como apuesta de modelos sociales fracasados como Cuba o Venezuela. También, se ha hecho alusión al punto de partida de estos modelos: la riqueza. Sin riqueza previa no existirían reclamos sociales por la sencilla razón de no contar con el impulso original de reparto. México se encuentra muy lejos de esa expectativa totalitaria por la contribución de lo privado al producto, pero debe reconocerse el daño generacional de este paso transicional de poder que apostó al tiempo, tiempo que ya agotó en tres años y tres meses. 

Si es posible recomponer el desgaste provocado por esta transición irresponsable en menos de dos años y meses que le quedan, es imposible saberlo ahora, pero la creación de conciencia del daño no es duda de nadie en los sectores productivos. El extravío es de un solo hombre: el presidente. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.

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