La palabra encarnada del populismo

Después de más de seis años del arribo del populismo al poder, el discurso no extraña, como tampoco las formas y menos aún el mensaje. Todo lo expresado desde la tribuna mañanera, reúne un mensaje lineal, sin...

29 de abril, 2025 La palabra encarnada del populismo

Después de más de seis años del arribo del populismo al poder, el discurso no extraña, como tampoco las formas y menos aún el mensaje. Todo lo expresado desde la tribuna mañanera, reúne un mensaje lineal, sin ambages, pero sin fondo; simplemente enumera intenciones de captura emocional, de captura del momento, el que esté latente en el ámbito de la conversación pública, el que surja o involucre un pronunciamiento que afecte la vida nacional, como pretende verla el populismo. 

Los tiempos, naturalmente, no están para agradar o engrandecer un proyecto totalitario, de modo que la información que produce el mensaje tempranero es indefectiblemente de defensa. Resultaría interesante hacer un balance de las respuestas de defensa de lo que ellos, los populistas, llaman “proyecto” y las verdaderas propuestas de gobierno que no sean ocurrencias empresariales, que el tiempo ha demostrado inoperantes e inútiles, con la intención de evaluar los tiempos perdidos en esta dramática experiencia en la que se han desperdiciado recursos como jamás había experimentado el país en toda su historia.

Proyecto, vocablo determinante y concluyente de esa devoción al concepto etéreo que llena la boca del populista en turno, para acentuar la premisa de una falsaria asunción interpretativa de la necesidad del “pueblo”, para radicar en mensaje singular y cautivo, la necesidad colectiva, la que hace a un lado la aspiración individual, que derrota el precepto populista. La ruta del convencimiento no es sencilla, pero tampoco requiere de talento excepcional; citar el abuso generacional en la forma más grotesca, funciona, por el simple hecho de una percepción de acaparamiento que nunca debió ser, que nunca debió existir. 

Exaltar el ánimo de participar en esa “riqueza” acumulada en una minoría rapaz, es una historia muy contada desde el bolchevismo y las corrientes de un proletariado vapuleado y manipulado por revoluciones contrarias al esquema social: la industrialización, emblemática del capital, como sustento de acumulación, óptica fértil para el reacomodo de todo lo acumulado.

Ignorar la inercia del capital en su sentido verdaderamente dinámico, esto es, en su etapa transformadora y productiva, es la primera falla del esquema popular, dado que contempla la riqueza desde un punto de vista de acumulación, como fue apuntado en el párrafo anterior. La creación de nueva riqueza es ignorada; la Unión Soviética tuvo su verdadero colapso en las líneas de producción, una vez que la planta y equipo llegaron a su punto de reposición y natural capitalización. Los esquemas sociales no permiten la investigación y el desarrollo, de modo que los avances tecnológicos plantean un rezago generacional, como es el caso de Cuba, entre otras economías en franco retraso. 

Este espacio ha resaltado que el populismo forzosamente nace de la opulencia, en algún sentido, significando que no podría surgir un reclamo si no existiera ese elemento esencial, por demás señalado: la acumulación. Desde luego, la interpretación que ostenta la prédica popular no concede mérito alguno a la formación de capital que no es más que una suma de esfuerzos de producción y servicios en un determinado espacio de tiempo. Renovar ese espacio obedece a un dinamismo que inyecta el capital en fases intermedias para satisfacer compensaciones de costo, de rendimiento de la inversión y producción de utilidades, mismas que serán partícipes de renovación del capital. El populismo interpreta la función económica como estática y de ese precepto equivocado surge su fracaso. 

México no es ajeno a esta manifestación regresiva del orden social y económico; el movimiento obradorista depredó reservas, fideicomisos y toda concepción de ahorro gubernamental, con una finalidad: el reparto. Desde luego, la dispersión en sentido vertical produjo una segunda acumulación del recurso, no programada de origen, en la intermediación burda y privilegiada de grupos ligados al poder, lastimando la supuesta intención de cobertura y dislocando la función social que hubiera ampliado mercados internos de consumo, entre otras fases, simuladas todas. 

Una simulación de casi siete años no puede ser cubierta con el mismo discurso, con una “economía moral” inexistente y abstrusa en su simple enunciado, para desafiar la rendición de cuentas negativas y reprobadas de toda lógica de ejercicio de gobierno. Se une la demanda social, la verdadera, la de la fuerza de trabajo, la ilustrada en la lucha de la subsistencia cotidiana, la que sostiene la gran economía, para desafiar la dádiva que no cumple con el ordenamiento patrimonial de la familia y que no cumple con el incentivo de pertenencia al equipamiento verdadero de una nación próspera, como ha sido por generaciones. 

La palabra encarnada en la negación de una realidad ya no prospera en esa “realidad alterna” que caminó acompañada del engaño y la mentira seis largos años. Ya no existe palabra válida que niegue la mesura y pronunciamiento de organismos internacionales que señalan la senda equivocada de esta segunda etapa de destrucción institucional. Negar por negar, supera la ficción burlesca de los “otros datos”, supera la ignominia ramplona de un gobierno impreparado y provisional, provisional ante el acecho de preponderancia oculta y manifiesta en los yerros y en las abyecciones por igual. El mandato es desafiado con atemporalidad y temporalidad por igual. El mandato, el de un personaje escondido, se interpreta como consigna de preservar las malas decisiones hasta potenciar las posibilidades de ser contestadas. Si lo son, se perfila una nueva andanada en la sinrazón, para que impere el caos y el desconcierto.

La acción equívoca tiene un costo y el caos intencional lo agrava; México es una economía abierta y la transición en turno no sabe cómo validar un modelo que se rebautizó como neoliberal por la Escuela de Chicago, modelo satanizado hasta el cansancio por el populismo, que naturalmente no entiende la concepción de mercado en su esencia. Trump lo exige, como esencia. Entonces viene la desviación a una soberanía invadida por un rencor irredento y sembrado en un episodio de la historia que nunca existió desde que Scott perseguía a Villa y que culminó en nada. En eso estamos, entre un despojo de nación, en lo material y en lo sublime y un pronunciamiento nacionalista exacerbado estéril e iracundo, que nada resuelve de fondo. 

Dicen, queriendo que suceda, que la Casa Blanca tendrá la última palabra. Vaya, con otra realidad alterna que queremos sacudir. La última palabra la tiene la ciudadanía y no es encarnada, es palabra decisiva de futuro.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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