Cuando escuchamos “nuestro movimiento” se percibe una sensación de insistencia en una permanencia que simplemente no es o no está consolidada, más allá de la mente de su creador o al parecer, la intención finalmente era esa, la de inducir un sentimiento interminable y poner en el discurso de cada día la renovación implícita en el mensaje que también día con día reitera los mismos preceptos, redentores todos. Todo esto sentó una base, desde luego, y la percepción del discurso permeó y rindió frutos en una esperanza cifrada en una vasta gama de retribución social. La retribución era esperada en muchos órdenes, tan diversos como la salud y la educación, entre otros; llegó el efectivo a comprar el tiempo necesario y poder responder a la oferta inicial de gobierno. Hasta ahí llegó, no hubo más para repartir. Pero el discurso nunca cesó, no ha cesado en siete años del modelo popular. Se instaló el eufemismo como disculpa del rezago en la promesa; no bastó, se cambiaron denominaciones institucionales para estimular la sensación de bienestar, vocablo que impera en el lenguaje discursivo y retardatario del reclamo que ahora aflora en la sociedad, después de siete años.
Es el natural reclamo y denuncia de una sociedad que ya condena la mentira y la manipulación, que da cuenta del abuso del poder en el recurso de la nación; da cuenta por igual en la figura abstracta de la retención de voluntad y la retención mediante una cuota que no resuelve la dieta familiar y que dista de crear un patrimonio. El consumo precario asoma su verdadero rostro en la intención original de suprimir la queja. El populismo anuncia cobertura y lo hace cotidianamente, para sembrar la percepción de protección ante avatares inexistentes pero creados en una imaginaria de acecho. Así se pasea una soberanía los fines de semana para nunca dejar descansar el discurso itinerante de la formación de un “movimiento” que pretende no descansar en su afán de resaltar la encomienda de valores nacionales. Lo que realmente se crea, es un mecanismo de defensa de algo que se gesta en terrenos alguna vez provocados y retados por igual.
El discurso retador a las potencias nació en 2018; el aislamiento de foros internacionales fue calculado como fórmula emancipadora de pensamiento centralista y totalitario. Nada nuevo en el esquema social. Se acompasaba a un ritmo muy distinto, la inclusión a un tratado y en paralelo se disfrazaba adhesión a las fórmulas productivas con un empresariado aliado a la conveniencia y a la participación activa en obra pública y en proveeduría de insumos. Pero toda simulación no solamente tiene un costo, también fenecen los objetivos, cuando las reglas escritas y no escritas imponen objetivos que convienen al absolutismo y borran perspectivas reales en la producción. La alusión es directa a la ambientación del orden jurídico. El centralismo llegó pero también llegó en el peor momento para implantarlo. Tal vez podríamos replantear el momento para considerarlo como el mejor para México. Llegó Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Todo cambió.
En este séptimo año de populismo, desde luego las cosas han cambiado diametralmente. La herencia es insostenible e inmanejable. La deuda es impagable y la proporción del déficit fiscal ahoga las expectativas de crecimiento de la economía. En el espacio anterior mencioné quiebra económica y resalté una quiebra emblemática en la petrolera de la nación. Con ese solo hecho, la economía mexicana no tiene visos de recuperación. Tenemos una economía recesiva. La inercia de la reinversión de utilidades de agentes productivos no es inversión creativa como no lo es de expansión de planta y equipo, por tanto, es insuficiente para reactivar la economía. El desempleo ya gravita en un entorno desfavorable y el gobierno en turno carece de respuestas. Este gobierno no tiene respuestas ante la situación apremiante.
No responder desde el punto de vista gubernamental, crea una situación de vulnerabilidad ante el norte que no cesa en sus afanes correctivos, afanes que cimentaron una lucha frontal ante el crimen organizado, que es real, sin duda, pero que deja ver con claridad la corrección de rumbo, en lo económico desde luego, en lo comercial, pero sobre todo en lo dogmático. Esto último es la esencia de la presión norteamericana. En mi anterior escrito, mencioné un quiebre político como solución. Si sucediera, no sería por inclinación doctrinal, pero sería lo más favorable para la nación. Es el momento de alejarse de economías perdedoras, como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Lo exige el tratado que será renegociado en 2026. Se insiste en la acotación anterior, será renegociado y no solamente revisado, como sería lo usual, sin la preponderancia del populismo inserto.
Esta administración insiste en una defensa insostenible de fracaso. Es necesario ponderar las circunstancias, inducidas todas para que la economía fracasara y se instalara un pensamiento central que decidiera destinos de recursos y de nación por igual, pero la realidad enfrenta un destino no resuelto en lo interno porque México es una economía abierta desde hace décadas y renunciar a un precepto ya resuelto en la suma del producto, resultaría en una lucha vana y fútil. He insistido una y otra vez que el producto es privado y esto resuelve de facto la situación económica del país si se enuncia frontalmente. La Casa Blanca hace su parte y es invaluable aportación a la corrección ya mencionada pero el despertar interno es necesario. La prudencia dicta un llamado a la temperancia y calma de ánimos de confrontación innecesarios, pero el pasmo gubernamental y el compás de espera del sector productivo no llena las expectativas conducentes al intercambio comercial que ya imperaba con orden antes del 2018.
El gobierno está arrinconado en una necedad controvertible. Está en una disyuntiva de frenar o corregir un movimiento que a todas luces resultó inoperante. Creer en ese movimiento y respaldarlo ha sido la gran falla.
¿Y qué ha pasado con el Hipódromo…?
Así pues, hoy, la industria hípica enfrenta una crisis que, sin intervención oportuna, podría derivar en su colapso definitivo.
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