La economía que no fue…

Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas del actual régimen en la economía mexicana.

14 de junio, 2022 La economía que no fue…

Últimamente se han revisado tasas de crecimiento económico como nunca antes; desde luego las circunstancias ameritan revisión constante, las economías del globo enfrentan cambios inesperados desde la energía hasta los precederos, pasando por cadenas de producción y situaciones de abasto, fundamentalmente materia prima. En México, el Instituto Central de Moneda, el Banco de México, con su política alcista, no ha logrado contener la inflación, pero por otro lado, la transición en turno trató infructuosamente de contener variaciones en precios de una treintena de artículos. Tal vez, el plan no obedeció a estrictas reglas de observancia, que merecen consideración y de ello algo se comenta en este texto.

Por principio, un precio no puede controlarse en tanto las cadenas de abasto sean múltiples, esto es, la geografía tan extensa hace de distintos productores diversos orígenes y diversos canales de distribución. La derrama de cualquier perecedero obedecería a un modelo de redes imposible de controlar. Sin olvidar que tratamos de bienes elásticos, el precio reacciona a la cantidad demandada, por tanto, a menor ingreso menor demanda y a mayor precio, mayor posibilidad de sustitución o mayor selectividad en el consumo. Las preferencias de consumo no pueden ser anticipadas en la gran economía. 

Ahora, si esta fase no es predecible, podemos seguir especulando hasta topar con los reales problemas en la serie productiva. Iniciemos con el combustible, no en forma metafórica, la gasolina y el transporte. El desplazamiento de mercancías tiene varios meses con incrementos en precios de gasolinas. Los productores agropecuarios no tienen accesos a programas porque han sido cancelados, entonces la producción sufre mermas por la ausencia de crédito, fertilizante y semilla. De existir crédito, sería caro y de plazos inconvenientes. Suceden dos fenómenos, si la demanda supera a la oferta: el consumidor adquiere productos caros y la oferta nacional se contrae, de modo que la importación ocurre con su dosis de inflación, para agravar el problema como consecuencia de lo primero. 

Pero este tema es reciente; la improductividad o bien, la falta de crecimiento económico es falta de proyecto económico y ese problema tiene más de tres años. Desde luego el discurso del presidente es lo que más afecta la invitación al capital. También, los pronunciamientos de captura ideológica, los menos y los de capricho de dispendio, los más, no abonan a la confianza de inversionistas. El desorden del gasto corriente, la dádiva sin control y la improvisación han cobrado en renglones de deuda sin medida y en desperdicio de recursos de la nación. 

No es novedad la denuncia constante de falta de proyecto como un resumen de impericia de este movimiento supuestamente transformador; al parecer ya asoma el fracaso en la operatividad de proyectos que culminan una etapa esperada en la fase de construcción y una puesta en marcha ficticia para anunciar conclusión y redimir plazos que no corresponden a ninguna fase de operación pero que corresponden a una simple promesa de campaña. Inaugurar no deja atrás la falta de planeación, la tasa interna de retorno de la inversión y tampoco deja atrás la factibilidad de inicio. Si cerramos el cuarto año con estas premisas sin base de operación, podemos concluir cómodamente que ningún proyecto emprendido por esta supuesta transformación llegará a operar. Borremos el espectro de la rentabilidad, simplemente no operarán. 

La cadena del bienestar, como bien sabemos, no supera el eufemismo propio de su expresión. Todo lo emprendido en aras de ese vocablo superfluo, ha derivado en fracaso y en costos inimaginables para la nación. Desde el banco, las tandas impagables, el gas, todo ha sido un derroche incomprensible y sin fundamento. Sencillamente, los negocios públicos que mencionó el presidente como tema toral de su gestión, se han convertido en fondos irrecuperables y en un ejercicio de corrupción por la intermediación que pretendió terminar alguna vez y que se ha convertido en la intermediación más grotesca y corrupta de nuestra historia. 

No podemos dejar de lado las empresas que pretendía rescatar, el presidente, con un pensamiento trasnochado de autosuficiencia y monopólico, como regresión perversa y como arrebato insustancial de revancha con los sectores productivos herederos del pensamiento proscrito en la liberalidad como término de acomodo del capital y no como doctrina condenable sin sustento. Los términos del progreso no podían caminar en paralelo con los términos de avenimiento con naciones perdedoras como Cuba y Venezuela. Crecer y prosperar caían en la incompatibilidad de la revancha programada desde 2018. 

Todo esto que se menciona, preocupa y preocupa mucho, pero hay un fondo que no se toca. Al parecer, el exterior forma una opinión de México y su gobierno; al parecer también, la opinión de las cúpulas empresariales toma forma y tal vez con mayor solidez y con argumentos y criterios que reúnen reprobación del derrotero de nuestra economía. Pero también parece que se cubre todo este actuar con un velo de prudencia que reta un juego de descalificaciones contra un juego de desilusiones. Si el juego es la cautela, pienso que la transición lo va ganando, porque el juego de las desilusiones es terreno fértil para llevar la contraria con imposiciones aún rayando en lo absurdo. Demostrado quedó en el Foro Económico Mundial y en la Cumbre de las Américas.

Este juego perverso es del presidente. La perversidad tiene freno y defensa desde luego, pero el juego no termina abruptamente. La unión de criterios y reservas del interior y del exterior muestran diversas caras y tientan con herramientas útiles los parámetros de reacción de un populista reaccionario. Le otorgan variables, créditos los organismos de desarrollo, se juega con reinversiones de utilidades y con la inercia de sectores imposibles de detener en su expansión de mercados para alterar las cifras de inversión directa sin recursos frescos. Se validan dos años de espera para que se vaya. 

Inicié mi texto incitando al cuestionamiento del crecimiento económico, recurrente y constante. Se oculta la verdad: México no crece y el raquítico 1% no supera cuatro años de gestión de la 4t. Se mantienen las formas, eso es distinto a las alertas del mal gobierno proclamadas a todos los vientos. La economía finalmente no fue moral, no fue bienestar inducido. Simplemente, no lo fue ni lo será con esta transición. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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