Inauguración día 20… ¿Y la economía?

Sin duda el mundo vive momentos de gran tensión. En dos días Joe Biden será presidente de los Estados Unidos; nunca antes una transición experimentaba una revuelta social, instigada desde luego y con visos de alarma en...

18 de enero, 2021

Sin duda el mundo vive momentos de gran tensión. En dos días Joe Biden será presidente de los Estados Unidos; nunca antes una transición experimentaba una revuelta social, instigada desde luego y con visos de alarma en la estabilidad de la nación. Ignoramos los efectos del sitio, su duración y su trascendencia. Resulta aventurado estimar un retorno a la normalidad una vez la inauguración se lleve a cabo. El escenario sorprende a una nación que en el mundo ha intervenido a favor de la estabilidad y a favor de los equilibrios del poder de la ciudadanía. El ejemplo democrático y de libre expresión encuentra en su propia casa un detonante jamás experimentado. La Unión Americana enfrenta una división que la guerra de Secesión había dejado atrás.

Años atrás, ahora se recuerda la “Quema de Washington” de 1812, fecha única de una invasión al Capitolio y deja en estos días una huella que lastima preceptos guardados por generaciones, base y sustento de una democracia ejemplar, una democracia cimentada en la inclusión y en los valores de las diferencias de unos y otros. Hoy, esa democracia es contestada en la insurrección, en una insurrección que no propone nada y esa es la gran prerrogativa que ahoga el sentimiento de la Unión. Si el juego de las democracias resultó permisivo, al grado de confiar ese Destino Manifiesto a una facción totalitaria de la que se ignoraba circunstancia de apego a la legalidad, hoy es muy tarde para resarcir efectos.

La facción del reto a una tradición establecida tal vez no se aleje en un solo mandato, en un solo término de gobierno, esa interrogante no queda totalmente disipada en dos días, los que vienen apostando a la cordura y a la marcha de una nación que lidera al mundo entero. La escena se torna complicada ante el acecho de una pandemia que interrumpe todo ciclo de vida en el orbe. Enero 20 de este 2021 cumple un punto de despegue de un gobierno que trascendió las reglas de convivencia, las internas, las propias, las domésticas, unas reglas no escritas en su gran mayoría, las que han anunciado al mundo civilidad y respeto a esa confianza en Dios, enmarcada en todo acto de gobierno de más de un siglo; sea real o no, eso no está en cuestión.

De la escena doméstica a la internacional, debemos asumir que el liderazgo de los Estados Unidos de Norteamérica no se diluye ante una insurrección que no interrumpe poderes y vida institucional. Debemos asumir que el ímpetu norteamericano no cede a la pugna interna, pugna que ya se apuntó sin destino en renglones previos. El ímpetu mostrado en circunstancias adversas en la historia no se doblegó y en ellas existía amenaza real y bélica, además de ideológica. Entonces, prevalecerán las fuerzas productivas, prevalecerán las incursiones pacíficas en el intercambio de bienes y servicios, en el comercio, en los foros de diálogo abierto al progreso. Vendrán los tratados a hacer su parte activa en presencia de buenos augurios para la prosperidad. Debemos apostar al orden y a la recomposición por la vía natural, la del entendimiento. 

Existen grandes pendientes en el mundo y no todos tienen que ver con recursos; esta aseveración no es nueva para un mundo experimentado en carencias, unas de avenencia, otras de catástrofes y las más, de enfrentamientos bélicos. Si se circunscribe todo precepto de orden a la economía no es por adelantar solución en la acumulación, simplemente se hace alusión al orden y la disciplina. Lo demostró Bretton Woods al final de la gran guerra. Quedó demostrado que la cooperación universal cura y atiende problemas de raíz; lo demostró en la reconstrucción de las grandes capitales y la recomposición de economías verdaderamente dañadas. 

Si el episodio norteamericano queda sepultado, queda la lección de las imperfecciones de un pensamiento atávico y un retroceso en un nacionalismo desterrado en su concepción de nacimiento de premisas originales, antecedente de la historia que captura más romanticismo que vida y prosperidad inserta en la globalidad. Quedan atrás las supuestas redenciones de valores que exacerban un nacionalismo desviado del propósito de convivencia. Quedan atrás las marcas populares que aíslan los verdaderos intentos de pluralidad. Quedan atrás las concepciones centralistas y efigies incólumes de culto.

Finalmente, queda la disciplina, la de siempre, la economía que resuelve el paradigma de la distribución, el uso del recurso intelectual que materializa las conveniencias y acepta las vicisitudes que en algún momento hubieran cimbrado las atribuciones de la civilidad y la concordia. Siempre queda el aprendizaje de las desviaciones de la rutina de pensamiento que enarbolaron los héroes que han recordado una y otra vez la conformación de la nación. No es simbolismo gratuito, es denuedo generacional, es letra prescrita para nunca arrobar la regresión y la sumisión. 

En algún momento se instarán las actas formales de la incorporación a la visión de una globalidad irrenunciable, una liga del mundo moderno con la modernidad que clama por el provecho de lo que unos tienen y otros carecen, ley de equilibrio en un mundo que jamás detiene sus proezas y sus especializaciones para que el mundo mismo las aprecie y las conozca. Ese clamor existe en circunstancias formales y atañe a México. Si, México tiene una economía saliente de décadas probadas en la esfera del orbe; tiene compromisos formales también y tiene desde hace décadas visión compartida con una partida de naciones ganadoras. 

México enfrenta una corrección de rumbo; desde luego el adoptado hasta ahora ha sido un fracaso. Las evidencias son contundentes y demuestran la renuncia al avance y la incorporación al progreso. La respuesta de esta transición en turno a los hechos que oponen la transición de un gobierno legítimo en la democracia del norte, socio más relevante en nuestra historia pasada y presente, ha sido de un desdén y una afrenta inusitados. Un destino económico de una nación no se cifra en arrebatos personales y en pronunciamientos ligeros. En este mundo ligado al mundo, las economías se sujetan a principios de orden o fracasan. México opta por la ruta del fracaso en más de un renglón. Las miras de este gobierno en materia económica son un fracaso. Enero 20 puede ser la apuesta del orden. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.

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