Ganancias Razonables

Algunas décadas atrás, uno de los estados financieros principales de entes productivos se denominaba “Estado de Pérdidas y Ganancias”. El tiempo definió el contrasentido de expresar dos situaciones que en forma natural se contraponen, pues no pueden...

16 de marzo, 2021

Algunas décadas atrás, uno de los estados financieros principales de entes productivos se denominaba “Estado de Pérdidas y Ganancias”. El tiempo definió el contrasentido de expresar dos situaciones que en forma natural se contraponen, pues no pueden coexistir pérdidas y ganancias, por lo cual se transformó en “Estado de Resultados”. Pero más allá de esta contraposición, el término “ganancias” entró en desuso. Su esencia denota cierta ocurrencia no prevista, cierto beneficio inesperado. El término que adecuó la presencia de un beneficio o rédito esperado se transformó en “utilidad” o “utilidades”. 

La diferencia entre ganancia y utilidad no es fortuita. El producto de la primera puede ser casual, el de la segunda obedece a un programa o proyecto basado en la superación de un costo en la escala competitiva de un precio y en el control administrativo para hacer de esta secuencia un proceso continuo. En situación de competencia abierta, el precio estaría sujeto a la oferta y la demanda. Es importante señalar que el equilibrio de oferta y demanda se da en forma dinámica, de modo que dependiendo de la situación de una economía la oferta, puede liderar circunstancias de depresión económica y la bonanza impulsar la demanda. El entorno macroeconómico marca este principio entre el ahorro y la inversión.

El presidente, en días pasados, aludió a las ganancias ante los banqueros del país y adjetivó éstas con el término “razonables” en franco desafío al precepto de creación de algo que por principio no existe. “Ganancias”, como ha sido mencionado, es un término atrasado y conforma la visión del presidente de atraso. La razonabilidad naturalmente se convierte en una afrenta ante los depositarios del impulso económico de una nación. El reclamo de razonabilidad anticipa abuso o voracidad, toda vez que la banca juega un papel trascendental en la actividad económica del país, pero no trasciende al terreno del juego sin reglas. 

Lo razonable que enuncia el presidente ante la creación de utilidades, que no ganancias, no es un simple juego de palabras, es un mensaje que reitera una visión que contempla una desigualdad histórica en la que ha cimentado privilegios como arrebato emocional más que como fundamento y antecedente probado. Su discurso descalifica, de inicio, el manejo de la economía en los agentes que brindan crecimiento y los derivados que tanto le cuesta entender, como empleo, principalmente. Las ganancias son perversas por su naturaleza porque en su imaginaria provocan acumulación y la acumulación induce al dominio y el dominio se traduce en privilegios. 

La secuencia anterior ha sido un fundamento que jamás se ha interpretado como ideológica; más bien se ha constituido en dogma para avasallar el poder central como pensamiento rector y guía interpretativa de las necesidades de una población. El primer encuentro es la definición de población entre pueblo y ciudadanía; de esa expansión libre de enunciación del término “pueblo” surge la apariencia de cercanía, cuando en realidad es adopción natural y paternal de cuidado y representatividad incontestable.

De esa interpretación paternal a la sumisión existe un paso endeble que inunda el autoritarismo. Una expresión autoritaria no puede ser compartida en pensamiento y mucho menos en recursos. El presidente ha enunciado una y otra vez: la política por encima de la economía, los negocios públicos –si existieran, porque los gobiernos no hacen negocios– por encima de los negocios privados. Con esas bases de gobierno, es imposible el despegue de una economía. En este caso hablamos de despegue porque la recesión estaba en puerta antes de la pandemia. 

La transición que encabeza el presidente ignora los preceptos fundamentales de las economías abiertas, pasando por alto que México es una de ellas, dejando atrás el impulso que merecerían las empresas pequeñas y medianas que han aportado a las cadenas de empleo, una representación de consideración, representación que se diluyó en dos años de políticas públicas fallidas. El presidente habla de recomposición de nuestra economía, pero la imposición de sus miras impulsa el retroceso en monopolios desterrados por antagónicos, impulsa la descomposición de los mercados internos con dispersión de riqueza nacional y un gasto corriente desordenado sin inversión pública en infraestructura.

El descuido en las principales variables de la microeconomía ya traiciona la canasta básica; los programas de abasto del campo y el tradicional apoyo a la producción de perecederos han retrasado las cadenas oportunas de distribución regional. Las asignaciones directas de proveeduría del gobierno han alentado disparidad en precios y eliminado la sana competencia de proveedores. El nulo entendimiento de una economía progresista ha desviado el fortalecimiento del gasto y la respuesta por precios sin control a la cantidad demandada de artículos de primera necesidad ha instalado un franco descuido a la elasticidad de la demanda. Esta transición ignora que toda la composición de la canasta básica es de productos elásticos. También lo ignora en el suministro de energía y ya sufrimos la imposición de una contrarreforma anticonstitucional que está en vías de cancelación oportuna; imposible que prospere.

El escenario internacional un día cobra vida en esta transición y al siguiente se desecha. El concierto internacional no le importa al presidente. Cuando las exigencias de las agendas del exterior reclaman una respuesta, ésta ha sido más desconcertante que provechosa; el discurso, más que respuesta, que involucra temas locales, opaca la respuesta esperada. Así ha sido con el G 20 y con el presidente Biden. Nuestro Tratado Comercial vigente y los Acuerdos de París no tardan en hacer presencia de mayor contundencia, al menos esa esperanza sostiene a una ciudadanía expectante y ávida de recomposición real sin demagogia. 

Vivimos una situación incierta en el futuro mediato, de eso no existe duda. Vivimos, más allá de la interpretación de ganancias razonables, que no abona al diálogo con las fuerzas productivas del país, una situación de duda de la actuación y transparencia de recursos, de duda de la veracidad del discurso de gobierno y de duda finalmente del proyecto y destino de nación, en ese orden. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
PEMEX nació en 1938 en un ambiente de negocios tan incierto como el de hoy en día; cuando terminaron Los Locos Años 20 con su carga de cambios institucionales y organizativos tales como los de las reformas roosvelianas desafiantes de las normas establecidas embalada en la creatividad propia del tremendo y mortífero holocausto que se aproximaba. Dio sus primeros pasos contextualizado por la conflagración internacional, pero particularmente comprometido con el corporativismo de Lázaro Cárdenas. Cuando comenzó a pisar esta tierra, también internalizó el modelo mental compartido del Nacionalismo Revolucionario derivado de la cultura mestiza; por lo que fomentó la xenofobia como daño colateral acompañante de la promesa del progreso independiente. Vivió una infancia cobijada por la desgracia ajena de los países beligerantes, porque en 1939 las ventas al exterior de PEMEX representaron casi la mitad (49%) de los ingresos por la exportación correspondiente. Este infante, se ilusionó con la soberanía nacional duradera e imperturbable que produjo el espejismo del Nacionalismo Revolucionario por obra del chovinismo creyente en una identidad nacional patriotera. Se desarrolló durante 1946/1970 sobredimensionando los costos de producción especialmente en las regiones de Tamaulipas y Veracruz. Su estilo de desarrollo fue el Desarrollo Estabilizador mediante el agrandamiento de la demanda interna a causa de un PIB mismo período en promedio anual de 6.2%. Entonces se institucionalizó la economía rentista gracias a una renta petrolera usufructuada en primer lugar por la oligarquía del mismo género; y luego por los empresarios segundones; y después por los consumidores. La gasolina más barata del mundo debilitó su musculatura mediante el subsidio gubernamental que repercutió negativamente en las finanzas públicas porque si los impuestos petroleros representaron en 1940 el 15% de los ingresos fiscales, en 1970 personificaron solamente el 3%. Haciendo caso de los preceptos liberales, se inició el empobrecimiento del Estado, al mismo tiempo que el enriquecimiento del mercado rentista. El Desarrollo Estabilizador institucionalizó y organizó una sociedad de cazadores de rentas que, esta sí, fue perdurable en la realidad donde el Gran Zombi viviente paseó tranquila y distendidamente. Empobrecimiento del Estado que cavó la sepultura con las palas de la deuda pública y el déficit fiscal para que el zombi pudiera hacer la siesta como complemento integrativo de su paseo. Durante la Docena Trágica de Echeverría y López Portillo, cayó del cielo el mejoramiento de los términos del intercambio, el cual dibujó una sonrisa en el habitualmente circunspecto y algo arrugado Gran Zombi. Pero en 1982 se le borró completamente la sonrisa, porque el precio promedio de petróleo bruto exportado cayó abruptamente a 28.69 dólares. De todas maneras, la economía mexicana se petrolizó iniciando un juego suma cero donde lo que ganaban los cazadores de rentas (algunos de estos multimillonarios), lo perdía el Gran Zombi que le hizo pagar los platos rotos al gobierno dentro de un proceso llamado socialización de pérdidas y privatización de los beneficios. Sin que ello significara matar al Gran Zombi, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas le aplicaron el tratamiento del Ajuste Estructural para confort de su burocracia sindical. Ocurrido en 2001, el Pemexgate consistió en un desvío millonario de fondos del sindicato petrolero, cuyo dinero fue a parar a la campaña presidencial de Francisco Labastida, candidato del PRI en las elecciones del 2000. El Ajuste Estructural terminó por premiar a los líderes de la burocracia sindical, los cuales financiaron la campaña electoral del PRI - todavía partido de Estado - cuyo eje económico esencial fue el Gran Zombi. Al cabo de su senectud, el Gran Zombi registró veintidós años de pérdidas financieras. Los apoyos financieros al mismo durante el actual sexenio sumarán 1.49 billones de pesos. A pesar de esta cuantiosa ayuda gubernamental, el Gran Zombi sigue siendo el más endeudado del mundo con 105.836 millones de dólares. Aplicando una vez más, la política de subsidios globales, pero no puntuales, el gobierno está subsidiando el 35% del costo de la gasolina para beneficiar: (1) a la oligarquía rentista; (2) a los empresarios rentistas segundones; (3) a los consumidores; es decir: para apalancar al auto refuerzo del rentismo nacional. En tanto que fiel sucesora de AMLO, Claudia Sheinbaum no le tocará ni un pelo al Gran Zombi. Si se desentiende de esta fidelidad; será otro cantar.

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