Era Covid: el Estado como catalizador de la reconfiguración social y económica

Recomponer el sistema tras la peor crisis de la historias implica que durante la reconstrucción económica y social, no se repitan los errores y vicios del pasado. Lamentablemente las agendas políticas, tanto del gobierno de turno como...

28 de agosto, 2020

Recomponer el sistema tras la peor crisis de la historias implica que durante la reconstrucción económica y social, no se repitan los errores y vicios del pasado.

Lamentablemente las agendas políticas, tanto del gobierno de turno como de la oposición, nunca coinciden con las necesidades de los ciudadanos.

Nos guste o no, la Era Covid, en tanto periodo histórico, está en pleno desarrollo. Esto significa que los cambios que habrán de modificar el rostro del mundo están teniendo lugar ahora mismo.

Aunque, en tanto proceso histórico y social, la Era Covid habrá de influir en prácticamente todos lo ámbitos del quehacer humano, son principalmente tres los espacios que más impacto recibirán y que a la vez tendrían que funcionar como los principales motores del cambio: la economía, la educación y los modos de relacionarnos. En esta entrega corresponde iniciar la exploración del ámbito económico.

Hagamos memoria: el primer desafío de esta crisis fue que, tanto los gobiernos como los ciudadanos, asumiéramos en su dimensión el riesgo sanitario que implicaba el Covid-19.

Hoy, ante la cantidad terrorífica de muertos y contagiados, nos parece evidente reconocer los efectos y precauciones necesarios que exige la pandemia, pero si repasamos la hemeroteca de principios de 2020, veremos que esta aceptación no fue fácil ni automática.

Una vez ocurrida, condujo a que todas las naciones del mundo instrumentaran diversas medidas enfocadas en prevenir la propagación del virus.

Debimos enfrentar periodos de confinamiento más o menos estrictos y de duración variable en la mayor parte del mundo. Una vez relajados éstos –sin que se descarte del todo su reactivación en el futuro próximo–, pasamos al distanciamiento social que, en sus diversas vertientes de obligatoriedad y rigor, según cada país y cada región, habrá de sostenerse cuando menos por lo que resta del año 2020 y seguramente una buena parte del 2021.

Mientras esto ocurre en el día a día de las personas, la comunidad científica busca afanosamente fármacos y/o vacunas que pudiesen por fin controlar la transmisión del virus, o en su caso, favorecer la recuperación de los enfermos graves.

Una vez desarrollados dichos fármacos y/o vacunas, el reto será implementar la tecnología y logística necesaria para fabricarlos y distribuirlos. Me atrevo a pensar que, en caso de conseguirse, será el mayor éxito científico y logístico que habremos enfrentado en toda la historia humana: hacer llegar tres mil quinientos millones de dosis de vacuna, en más de doscientas naciones, en los cinco continentes, en un periodo de tiempo inferior a dos años desde el descubrimiento del virus (en la actualidad solo el desarrollo y aprobación de una vacuna equivalente toma alrededor de diez años).

En tanto todo lo anterior ocurre, la economía del mundo entero sufre la mayor caída de su historia.

El prolongado periodo de relentización de los sistemas industriales, financieros, de servicios y económicos en general como consecuencia de las medidas sanitarias que debieron tomarse para evitar los inmensos volúmenes de muerte que habría implicado dejar que el virus se propagara naturalmente, está creando el caldo de cultivo para nuevas condiciones de intercambio económico.

La extraordinaria duración temporal del fenómeno ha producido desequilibrios y rupturas en las cadenas productivas globales, nacionales y regionales de magnitudes fabulosas. Dejando de lado el tema sanitario, la economía personal del ciudadano común se deteriora día con día: cierre de empresas y negocios al por mayor, con la monumental pérdida de empleos que esto conlleva; la sobreoferta de productos de todo tipo, que busca incentivar el consumo como posible solución; la crisis en el mercado inmobiliario ante el cierre de establecimientos; las luchas políticas internas en muchas de las naciones, usando la pandemia como bandera de guerra para atacar a los adversarios, sin preocuparse de verdad por los auténticos afectados; y esto por citar son solo algunos de los efectos más evidentes.

Para un alto porcentaje de la población, cualquier narrativa macroeconómica, por sesuda que suene, pasa a segundo término. Quien, de un modo u otro hemos visto caer nuestros ingresos, quienes han perdido su trabajo, quienes están pasando auténticos problemas para cubrir sus gastos más elementales, para quienes enfrentan problemas de salud sin las coberturas apropiadas, quienes sus proyectos profesionales y personales se han cancelado o pospuesto, para todos ellos carecen de sentido las explicaciones teóricas.

Las circunstancias nos obligan a reinventarnos, a repensar cuál puede ser el camino para recuperar cierta estabilidad económica, laboral y emocional. Ante situaciones de estrés semejantes, resulta muy complicado tomarse el tiempo para pensar en si las soluciones que tenemos a mano son ecológicas y sustentables con el planeta y con nuestro propio futuro. Lo único que importa en primera instancia es cubrir las necesidades apremiantes del momento, sin que importe demasiado ninguna otra cosa.

Es aquí donde la presencia del Estado, del gobierno en turno, se hace fundamental. En lo personal no creo en el asistencialismo; cuando se utiliza como mecanismo para aglutinar clientela política, su único objetivo es perpetuar la precariedad, justamente para conservar al cliente.

Sin embargo, en tiempos como los actuales, donde el individuo tiene tan pocas opciones, se requieren políticas públicas que, sin pasar por alto las precauciones sanitarias elementales, promuevan la reconstrucción de las cadenas productivas. Pero a diferencia del ciudadano de a pie, el Estado sí tiene la obligación de buscar que dichas políticas públicas se construyan desde una perspectiva sustentable, inclusiva, colaborativa y ecológica; es decir, con perspectiva de futuro.

Si vamos a recomponer un sistema colapsado por la peor crisis que se tenga memoria, lo único que esperamos de nuestro gobierno, que –a diferencia del ciudadano común– sí cuenta con los instrumentos para tener una visión panorámica mucho más amplia de los escenarios posibles, es que durante la reconstrucción económica y social no repita los errores y vicios que ya nos tenían al borde de la inviabilidad.

Justamente el papel del gobierno, en una situación de crisis como esta, es el de tomar decisiones que favorezcan la reconfiguración social y económica, que den lugar a nuevas condiciones para que los individuos puedan reorganizar sus vidas; en una palabra, políticas públicas que abonen el terreno para que emerja el bienestar de largo plazo para el mayor porcentaje de la población posible.

A veces pareciera que perdemos el rumbo. Por eso, cuando una situación extrema como la que vivimos se presenta, podemos convertirla en una oportunidad para retomarlo.

A fin de cuentas, de lo que se trata es de que cada vez seamos más libres. Pero esta premisa debe aplicar a todos, no solo los que más tienen. Y si algo está dejando en claro esta pandemia, es que la desigualdad esclaviza, e incluso mata.

Ese es precisamente el propósito central del Estado: proveer las condiciones para que los individuos sean cada vez más libres y autónomos, para que puedan desarrollarse, trabajar, construirse una vida y un futuro, y con ello pueda surgir una comunidad solidaria y empática que los acoja.

Lamentablemente las agendas políticas, tanto del gobierno de turno como de la oposición, casi nunca coinciden con las necesidades de los ciudadanos.

Pensar que ahora pueda ser distinto es, quizá, pecar de ingenuidad; por eso ha llegado el tiempo de hacernos cargo de aquellos aspectos en que podemos influir, de presionar a quienes deciden para que hagan los que les toca o, como siempre, dejar que las propias fuerzas económicas y políticas decidan por nosotros, con los resultados previsibles que de sobra conocemos. Al final, es nuestra decisión.

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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