Energía eléctrica en Islandia

Islandia es uno de los casos más recientes de la revolución económica que transforma a una economía extractiva en otra de producción competitiva.

12 de junio, 2024

Cualquier proceso económico, político o social, puede verse como una transformación de la energía; la cual puede analizarse con una perspectiva transdisciplinaria fiel a este contenido tripartito, aquí aplicado al caso islandés de la energía eléctrica. Este último, ¿es un faro del mundo? No tanto ni tan poco. No tanto, porque toda reconversión energética es muy dependiente de las circunstancias nacionales; ni tan poco, porque es un ícono de la transformación eléctrica.

Islandia es uno de los casos más recientes de la revolución económica que transforma a una

economía extractiva en otra de producción competitiva. Dado que hoy en día casi casi el 100% del consumo eléctrico proviene de fuentes renovables, la estructura artefactual es muy resiliente e idónea para montar un juego todo el mundo gana (to win to win), el cual entraña la sostenibilidad de los factores de la producción con su correlato evolutivo en términos de empleo, reparto del ingreso y, sobre todo, crecimiento competitivo del PIB. Tasa de desempleo de los últimos años = 3%; o sea: menor al mal llamado desempleo natural de los EEUU; índice de Gini misma fecha = 26%; o sea: un coeficiente de Gini no muy panzón; y una variación anual del PIB 2022 = 8.9%; 2023 = 4.1%. Aclaramos: la variación anual del PIB islandés es una evolución competitiva; pero no cualquier clase de evolución, tal como la provocada por la exportación de petróleo en bruto; o el influjo de remesas; o el armado de automóviles. 

La experiencia islandesa de transformación energética, ¿es un modelo universal del Pensamiento Único? Claro que no; porque es una referencia comparativa adaptable a las circunstancias nacionales en la variedad de capitalismos siempre reciclada, pero nunca convergente.

La transformación energética será tan heterogénea como naciones tiene el mundo. La experiencia islandesa; pero no ninguna teoría; nos enseñó que los indicadores estructurales se manifiestan específicamente en el mapa de las fuentes energéticas, los hábitos de consumo, el costo y disponibilidad de recursos, la eficiencia y eficacia de la producción, el acceso o el bloqueo de los recursos naturales como los eólicos, los solares, los geotérmicos y los hidroeléctricos y, lo último, pero no lo menos importante: el cálculo ex ante y alternativo de la eficiencia energética.  Esta última consiste en reducir el consumo manteniendo el mismo servicio o nivel de actividad.

La misma  transformación energética de Islandia no cayó del cielo, sino que se hizo con base en la voluntad económica, política y social (Halla Hrund Logadóttir). Antes del siglo XX, solo se utilizaron los recursos geotérmicos para la higiene personal mediante el baño. Fueron siglos de pobreza y gobierno extranjero colonialista, así como de una completa carencia de infraestructura básica y conocimientos; los cuales hicieron duradero al rezago concurrencial y energético.

A partir del siglo XX, comenzó la producción hidroeléctrica cuyo nivel estaba situado en pocos o poquísimos megavatios destinados a generar energía eléctrica. Hasta comienzos de la década de los 1970, la función de consumo correspondiente escribió a la derecha de la igualdad: combustibles fósiles importados.

El despunte de la transformación energética de entonces, no lo dio ninguna mano invisible, sino la mano visible (Chandler) de empresarios locales de muy poco relumbrón social, aunque dedicados a la geotermia y a la hidroelectricidad.  Los primeros proyectos de estos géneros, los desarrollaron granjeros emprendedores que no confiaron solamente en las políticas públicas para, en los 1950, construir pequeñas centrales hidroeléctricas que funcionaran de manera libre en la economía de mercado. 

A poco andar, los administradores de estas diminutas empresas percibieron el significado de las economías de escala, por lo que; y en reconocimiento de sus propias limitaciones; convocaron a las grandes utilizadoras transnacionales de energía para que se sumaran a la transformación de una economía extractiva en otra de producción competitiva configurada artefactualmente por la diversificación del mercado, la creación de empleo formal y productivo, y una red eléctrica cada vez más densa y con mayor eficiencia energética. 

Como siempre sucede, la transformación productiva inició con el cambio institucional y organizativo. Marginal o discontinua; poco importa; esta transformación puso en acto una interacción crowding in entre el gobierno y la iniciativa privada para indemnizar a los proyectos privados fallidos; pero innovadores; así como motivar la asunción de riesgos inéditos por parte de los empresarios creativos.

Actualmente, la estructura artefactual islandesa está signada por la energía verde de las fuentes hidroeléctricas y geotérmicas en una suerte de revolución económica permanente, la cual es propia del desarrollo de la ventaja competitiva nacional. Recordemos que la energía geotérmica es una fuerza más o menos renovable y de origen volcánico, la cual consiste en aprovechar el calor interno de la Tierra para extraer del subsuelo aguas con elevadas temperaturas que proveen de energía calórica, o que otorgan generación de electricidad. En 2023, el transporte representó la excepción en esta caracterización verde, porque siguió moviéndose con motores de combustión fósil. En 2024, los automóviles eléctricos repercutirán en esta situación.

No es imprescindible apoyarse en la actividad volcánica para lograr eficiencia energética. De acuerdo con el capitalismo de los intangibles del presente, estos factores de producción inmaterial constituyen la palanca del desarrollo competitivo nacional porque; por ejemplo y gracias al desarrollo tecnológico de avanzada, es posible poner en pie de producción zonas geotérmicas de baja temperatura   proveedoras de calefacción o enfriamiento. La calefacción o el enfriamiento centralizados están tocando a la puerta de megalópolis como París u otras grandes ciudades europeas, norteamericanas o asiáticas.

A pesar de la escasa repercusión mundial causada por el conservadurismo social, Islandia está preparada para desarrollar la eficiencia adaptativa relacionada con el desarrollo de la ventaja competitiva nacional, al mismo tiempo que con la eficiencia energética de la electricidad; aunque la innovación tecnológica y financiera mueve a la rueda económica, política y social, cada vez más rápido. 

En este contexto propio de la Incertidumbre XXI, su dependencia de la trayectoria nos dice que el emprendimiento energético público y privado del país isleño, será capaz de asumir el desafío de una economía numérica redireccionada por la inteligencia artificial de la civilización digital.

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Fernando Jeannot
Fernando Jeannot es profesor investigador del Departamento de Economía de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco e Investigador Nacional. Cuenta con varias publicaciones tales como: “Estancamiento y recuperación once años después” (2020), “La mundialización del capitalismo improductivo” (2014), “Las instituciones del capitalismo occidental. Eficiencia e ineficiencia adaptativa” (2010), entre otras.

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