En busca de agregar sentido a las fuerzas del mercado

La tecnología nos sustituye por máquinas; la pandemia amenaza con acelerar el proceso.  Ante la imposibilidad de competir con ellas en precisión y eficacia, a los seres humanos sólo nos queda aportar un distinto tipo de valor:...

18 de septiembre, 2020

La tecnología nos sustituye por máquinas; la pandemia amenaza con acelerar el proceso. 

Ante la imposibilidad de competir con ellas en precisión y eficacia, a los seres humanos sólo nos queda aportar un distinto tipo de valor: no hay algoritmo que sustituya los significados subjetivos que nos conmueven. 

Las fuerzas del mercado, en su búsqueda de eficacia e incremento del beneficio, continuarán intentando implementar tecnologías que sustituyan a los humanos y así abaratar costos. Si bien esta tendencia ya estaba en marcha desde antes, la Era Covid es el caldo de cultivo ideal para acelerar el proceso.  

Un ejemplo de esto podrían ser los coches autónomos que no requieren conductor. No son sueños futuristas sino una realidad tecnológica existente y que la pandemia actual puede acelerar su implementación. 

Con esta sustitución, las empresas de trasporte eliminarían los posibles contagios por Covid-19 y todos los virus futuros, los errores humanos, las negociaciones sindicales, las incapacidades por enfermedad, las vacaciones y las tradicionales jornadas de ocho horas para sustituirlas por jornadas de veinticuatro. 

Este escenario, más tarde o más temprano, habrá de materializarse; y no solo en el ámbito del transporte, sino también en todos los demás. ¿Cómo conseguir que el desarrollo tecnológico al servicio de la fuerzas del mercado, no termine por volvernos obsoletos?

Los tiempos de crisis lo son también de oportunidades y cambio. Por ello no debemos olvidar que, a lo largo de la historia de la humanidad, infinidad de actividades y trabajos han desaparecido para dar lugar a otros. El gran reto, entonces, no será bloquear el desarrollo tecnológico, sino plantearnos seriamente qué aporta la intervención humana como para continuar siendo indispensable dentro de nuestros sistemas productivos. 

La respuesta a una cuestión tan compleja e imposible de predecir no es fácil ni clara. Si queremos conservar nuestro sitio en la cadena productiva, será necesario que nos centremos en agregar valor a los productos y servicios de modos que una máquina no pueda replicar: a partir de llenarlos de sentido. 

La competencia con la Inteligencia artificial no será poca. Apenas el 8 de septiembre de 2020, el diario británico The Guardian publicó en su sección de opinión un texto de quinientas palabras escrito por el robot llamado GPT-3. Para nuestra tranquilidad, el ente electrónico aseguró que no tiene ningún interés en hacerle daño a la humanidad. Menos mal.

Esto prueba que una máquina puede ser programada esencialmente para cualquier cosa: desde ganarnos al ajedrez hasta mostrarse triste por nuestros fracasos, pero, en tanto ente cibernetico, carece de subjetividad –o en todo caso tiene una subjetividad propia a la que no podemos acceder–, es decir, sus acciones carecen de sentido. Las lleva a cabo porque es programado para ello, no porque sienta el impulso interno de realizarlas. 

Los seres humanos, al contrario, hacemos lo que hacemos, pero siempre lo hacemos por algo, incluso si ese algo no nos resulta claro o permanece oculto en los puntos ciegos de nuestra psicología. 

El sentido, el significado de nuestras acciones nos hace distintos a un robot y ése es el valor agregado que estamos habilitados para poner en aquello que hacemos y que solo puede ser interpretado como tal por otro humano. 

Al llevar a cabo una búsqueda en Google nos maravilla que en menos de un segundo nos de más de un millón de respuestas, pero nos cautiva de forma muy diferente que un poema o un platillo preparado por la abuela como regalo por nuestro cumpleaños. 

Apreciamos el mérito técnico de un dispositivo tecnológico, pero no hay algoritmo que sustituya los significados subjetivos que nos conmueven. Por ende, ante la avalancha de inteligencia artificial que amenza con inundar nuestra cotidianidad, el ser humano solo puede defenderse explotando y expandiendo su humanidad en todo lo que haga.   

Los seres humanos podemos agregar valor al vínculo con otros a partir de la empatía, el aprecio, la atención, el servicio de humano a humano, agregando auténtico valor a esa humanidad. Si nos detenemos un instante veremos que la pandemia, a partir de los confinamientos y la distancia social que nos ha impuesto, nos está dejando esto como aprendizaje. Y si conseguimos encarnar esta intención de agregar sentido humano a cada cosa que hagamos en nuestra existencia, será una buena noticia que las máquinas nos releven de aquellos trabajos que puedan hacer por nostros. 

Es cierto que el desarrollo de la I.A. nos está desplazando de infinidad de actividades, sin embargo, muchos de los aspectos del servicio, la educación, la atención médica, el arte, y un largo etcétera requieren aún de la peculiar sensibilidad humana para funcionar de verdad.

En la actualidad hay programas de computadora capaces de diseñar sinfonías estética y matemáticamente perfectas, al grado de que, como oyentes, no seamos capaces de distinguirlas de una obra de Mozart o Beethoven. Esto nos maravilla por su mérito técnico, pero la motivación humana detrás de la partitura, el sentido que pone un autor al compartirnos sus experiencias emocionales y sentimentales, esa experiencia creativa y el propio sentido que el oyente atribuye a esa interpretación no puede ser –aún– sustituida por una máquina. No es la obra en sí –que como decía, es técnicamente perfecta–, sino la subjetividad, el sentido interno que implica compartir la experiencia humana de retroalimentar subjetivamente el ciclo autor–obra–interpretación–disfrute–asimilación que está en el acto mismo de la creación artística. 

Asumimos que detrás de esa obra musical hay un humano que la crea a partir de sus vivencias internas. Saber que es producto de un programa computacional nos maravilla en un sentido, pero nos hace sentir engañados en otro. 

¿Puedes imaginar un auditorio lleno de robots “apreciando” la composición-ejecución de la obra de un colega cibernético? Yo no. Quizá en el futuro ocurran cosas semejantes, pero por ahora ese tipo de interrelación únicamente puede darse entre humanos. 

Más que resistirnos a dejar atrás los trabajos que la automatización habrá de arrebatarnos de cualquier modo, se trata de esforzarnos por agregarle a aquello que hacemos un valor significativo que lo convierta en humano, sin importar si técnicamente una máquina lo puede hacer mejor y con mayor precisión. 

Un huipil bordado en Chiapas o un rebozo de seda tejido en  Santa María del Río de San Luis de Potosí por artesanos que utilizan técnicas tradicionales posee un valor de significado que una máquina –aun cuando lleve a cabo un bordado de mejor calidad técnica– no puede reproducir. Y no puede reproducirlo debido al sentido y significado que nostros le atribuimos subjetivamente, con lo cual aun la supuesta perfección objetiva no lo supera. Y la razón es muy simple: lo objetivo y lo subjetivo son de naturaleza distinta. 

Así, ámbito por ámbito, podemos agregar significado al trabajo humano de tal modo que gran parte de él nunca sea sustituido por una máquina, aun cuando llegue el día que los choferes del transporte público o de carga sean variedades de robots. 

El conducir un camión es una actividad objetiva y relativamente mecánica que una máquina puede realizar. Pero ¿qué sentido tendría pagar cientos de dólares para presenciar una carrera de Formula 1 sin conductores? Aun cuando estos autos fuesen más rápidos y más precisos, sin pilotos humanos carecería de sentido… para los humanos. Sentarse a ver un campeonato mundial de ajedrez entre máquinas me parece la actividad más absurda que se pueda imaginar. 

Una máquina que surta de alimentos de manera automatizada un campo de refugiados, bienvenida sea; pero jamás sustituirá la creatividad o el trabajo del chef que prepara platillos tradicionales para las fiestas de su región. Son actividades distintas. Unas objetivas y técnicas –que la tecnología puede realizar– y otras significativas y valiosas –que entran al más puro ámbito de la subjetividad humana, y que solo las perderemos si lo decidimos así–. No veo el problema en que nos enfoquemos en las últimas y dejemos a las máquinas las primeras, aunque desde luego que asumir esta postura no estará libre de retos. 

Los humanos no tenemos que producir más, sino mejor, con sentido, con propósito. Lo demás, nos guste o no, acabarán haciéndolo las máquinas y muy probablemente esta crisis provoque que ocurra antes de lo esperado. 

Plantear la existencia de un ingreso básico universal e incondicional parece una alternativa razonable para el futuro. Éste no tiene como propósito obligar a la gente a trabajar sino, al contrario, liberar al individuo –como de hecho harán las máquinas– para que de verdad pueda manifestarse en ámbitos donde sea útil y la actividad resulte significativa y valiosa. 

Será la sensibilidad del sentido humano lo que habrá de salvarnos de desaparecer entre un marasmo de dispositivos. Por eso, debemos enfocarnos en crear y fortalecer sistemas de producción con valor humano para que la mecanización no termine por expulsarnos del mundo. 

La gran pregunta que debemos hacernos es: ¿qué podemos ofrecer al sistema, ofrecer al otro (cliente, paciente, alumno, lector, etc.), aportarle al mundo de significado humano que la tecnología no pueda producir? Ese será nuestro nicho: lo auténticamente significativo y valioso en términos humanos. 

La mecanización es inevitable y, como consecuencia, el ser humano será desplazado cada vez de más actividades. La Era Covid es una forma de prepararnos para cuando esto ocurra. Estamos viviendo una tremenda y súbita crisis de empleo y la manera como salgamos de ella será determinante para la forma en que habremos de encarar el futuro: ¿tenderemos a una precarización del trabajo, aceptando cada vez menos paga por trabajos cada vez menos gratificantes, o garantizaremos una existencia digna de todos los seres humanos en aras de poder desarrollar al máximo nuestros potenciales, disfrutando del proceso, realizándonos profesional y personalmente? ¿Saldremos de esta crisis más cautivos y tiranizados, o por el contrario, buscaremos que el individuo humano sea cada vez más libre y responsable, aportando a su comunidad y desarrollando actividades que lo llenen de sentido y propósito? Al final, es nuestra decisión. 

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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