El Costo de un Gobierno

Desprender de un Producto Interno Bruto la composición de sus partes no tendría mayor problema una vez reunida la suma de bienes y servicios, sin la depreciación correspondiente. Esto, muy aparte de representar la riqueza de una...

13 de abril, 2021

Desprender de un Producto Interno Bruto la composición de sus partes no tendría mayor problema una vez reunida la suma de bienes y servicios, sin la depreciación correspondiente. Esto, muy aparte de representar la riqueza de una nación, tiene un significado de representación; no todo ente participativo en un esquema nacional añade al producto de la nación. Para entender una versión simplificada de añadidura o agregado de valor como es referido en economía, es preciso abundar en el concepto de cadenas productivas. 

Una cadena productiva nace de un abasto, materia prima para ser transformada en producto terminado. La denominación de cadena no es circunstancial, es alusión directa a una función sin fin, a una función que jamás interrumpe su ciclo productivo; en ese ciclo intervienen costos que es preciso superar para hacer de la función creativa una función redituable y permanente. Si en este proceso interviene el capital como sostén primordial de origen, el proceso simplemente acude a su fuente natural. Más allá de la fuente natural que es el capital o la inversión, el concepto que todo esto reúne ha sido denominado Capitalismo. 

Hacer referencia al Capitalismo es una manera de cimentar una corriente progresista que alude al capital como verdadero sustento del crecimiento económico de una nación. No existe función alterna para hacer crecer una economía; no existen desviaciones en la tenencia del capital cuando los objetivos distan de la reproducción del capital mismo. El capital no es una doctrina que impulse principios de dominio, como tampoco es una filosofía doctrinal que provoque adopción; es una necesidad que dista de lo conceptual y ubica las necesidades primordiales de los auténticos agregados de valor. 

Retar la fórmula del capital ha sido tema que relega al acervo de la historia y al aprendizaje de una autonomía utópica que cifra una redención comunitaria por encima de la individualidad y del privilegio creativo y de la imaginación, del talento para nutrir satisfactores sin imposición. Demostrado ha quedado en la historia de la humanidad que la libertad y la libertad de hacer y crear es la fórmula perfecta de convivencia. La igualdad no es concebible cuando la percepción de necesidades es privilegio del que emprende. 

Regresemos a los costos; sin ellos no existe empresa, con ellos existe riesgo, sin ellos no existe competencia. Al parecer, los costos rigen el actuar en los mercados; si parece una aseveración atrevida no lo es tanto cuando una idea se emprende, cuando una idea de empresa se concibe. Si los costos no se superan, no existe proyecto, no existe idea innovadora, no existe empresa. Si el precio es una función de relatividad, lo es cifrado a los costos y nada más. Si el precio alcanza competitividad es por el manejo y control de los costos. 

Hablemos un tanto de administración pública para situar nuestra referencia de utilidad, porque sabido es que un precio que supera sus costos tiene un margen, llamado utilidad. Es preciso recordar que los componentes del producto suman bienes y servicios. La sumatoria es riqueza nacional, llamada así para asimilar los valores que agrega la gran economía y que año con año debe superar su marca anterior. Esto significa que la economía se supera en cada período; si no lo hace, el crecimiento está suspendido. Ahora bien, si los entes productivos hacen su parte, el gobierno tiene una tarea de aliento para jamás interrumpir la libertad económica.

El texto anterior, en este mismo espacio, hizo clara alusión a esta libertad que es medida por instituciones de prestigio internacional; México reúne una calificación mediocre y la mediocridad se instaló hace dos años con una transición retrógrada en pensamiento y guía de intereses nacionales. Los mensajes y acciones de gobierno han retado toda ruta probada en la globalidad imperante y toda modalidad para desprender la autosuficiencia y la actividad monopólica en áreas críticas de inclusión mundial. Esta transición persevera en uniones letales de convivencia y descuida lazos de verdadera unión en lo comercial y en la fusión de capitales ya operando en la nación, con potencias regionales y lejanas por igual.

No podemos aislar el efecto nocivo de esta transición y sus miras en el entorno de la economía. Por principio, instaló un derroche infame en asistencia social sin padrón ni control, instaló también una concepción equivocada del ahorro y finalmente instaló proyectos que consumen gasto corriente y un esquema impredecible de endeudamiento que puede representar hasta el 57 % del Producto Interno Bruto en franco desafío a la estabilidad histórica y equilibrio de la deuda pública y sin creación de infraestructura.

Al no contemplar planes de recuperación de la economía, al no plantear planes de negocio de la petrolera mexicana, al buscar salidas por encima de la Constitución en reformas y contrarreformas que una y otra vez encontrarán rechazo en el orden jurídico y en la prudencia, el tiempo como recurso se convierte en el mayor de los costos; ese costo no lo contempla esta transición como tampoco lo contempla el presidente, en su intemperancia y obcecación. Para ese costo, que ya se estima en generacional, no existe estimación o salvaguarda, existe el juicio de la historia. Ese es el costo de esta administración fallida, ese costo no será absorbido y tampoco olvidado.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.

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