El Costo de la Improvisación

Sin metas claras ni estudios de viabilidad que sustenten las políticas económicas gubernamentales, parece que la arbitrariedad y la improvisación son el sello de la “cuarta transformación”.

27 de septiembre, 2021 Retroceso del Estado de Derecho en la era de la 4T

El discurso de esta transición en turno de gobierno no encuentra acomodo en sus pronunciamientos: lo mismo expresa cierta preocupación por variables económicas, por disciplina fiscal, por el tipo de cambio, por reservas y por remesas del exterior. Contrapone con frecuencia metas de orden presupuestal con ejercicio de gasto. En alguna etapa se pretendía abandonar el Producto Interno Bruto como medida de crecimiento de la economía para suplantarla por un eufemismo llamado bienestar. Desde luego no obedece a ninguna lógica pero los anales muestran una retórica en un discurso pletórico de símbolos que retaron en algún momento el statu quo del orden económico en el simplismo del dictador Hugo Chávez, el venezolano que hundió a un país con enunciados que pudieran calificarse de similares, siendo idénticos. El derrotero es el mismo y el fracaso también. 

De ese discurso que recurre a la estrategia de la diversión de hechos, de la palabra que empeña futuro sin proyecto, de la denostación constante del conocimiento, de la investigación y el desarrollo, de la descalificación del capital, de la formación de nación en concierto con otras, surge irremediablemente el lenguaje del desconcierto, la expresión de la sinrazón para descarrilar todo aquello que no haya sido concebido bajo el esquema transformador. 

Tres años de tránsito por estas sendas del discurso alegórico y triunfalista, el discurso que alienta la fase de la intemperancia y la desazón que contempla pobreza no imaginada, porque la contempla, que observa el derroche de una riqueza concebida para la protección de las capas que nunca necesitaron transitar en la desesperación ni en el desvelo. Suman tres años los sobresaltos, los abandonos a causas que más allá de la nobleza, inundan la crueldad de un abandono planeado y turbio, pretextando controles y dominio de mercados, captura de prerrogativas, para demostrar un final de desprecio a una humanidad que asoma una simple enfermedad o un desvío de la normalidad funcional en todo ser con derecho a la vida. 

No existe un precepto económico que pueda calificar tal vileza, no existe un orden de ideas en el vocabulario del régimen presupuestal para atenuar tal ofensa. Las cosas simplemente se han dado en un marco de improvisación; el ambiente que rodea un micrófono matutino que lo mismo desorienta que alecciona sin miramiento del destino y despropósito del mensaje, ha crispado el orden social en su civilidad y en el irrestricto resguardo de las formas. La división aflora en el encono del lenguaje y la expresión histriónica en la condena irredenta y perpetua del pensamiento contrario a una doctrina sectaria y abstrusa. Ese ha sido el lenguaje del presidente. 

El presidente deambula por distintos rumbos, dispersa ideas, ocurrencias, impera el momento y el humor para consumar la degradación de un simple precepto: servir. Servir no se encuentra en su contexto, servirse sí. Los usos y costumbres no se degradan, se degradan las prerrogativas que desde el poder cumplen una sola función: la polarización. Si la división se convirtiera en una función cuántica, tal vez fuera necesario extrapolar los extremos y trabajar en sentido contrario todas las variables para en un solo isocosto valuar las opciones pero el presidente las anula porque jamás cuenta con los elementos necesarios para evaluar su gestión. Esto no es novedad, lo hace un día tras otro. Sus proyectos no lo son; sus desvíos lo son. 

Improvisar en todo terreno de gestión económica tiene un costo; hacerlo en el terreno de gestión de gobierno, reúne más de un costo porque la ética gubernamental jamás debería exponer el tesoro de una nación en la especulación y en un futuro incierto. El juego de las variables en una economía no es equiparable al juego de la inversión y el riesgo. Las variables podrán corresponder al empleo de medidas correctivas en la política monetaria y obedecer al panorama de la macroeconomía. Las inversiones derivadas del gasto público, de la hacienda de una nación, deben corresponder siempre a la demanda de los sectores productivos. La iniciativa es privada no por designación de labores, es por simple correspondencia de riesgo en la operación. 

La grotesca irrupción de esta transición en el gasto de la nación, ha sentado precedentes de arbitrariedad en la consecución de obra innecesaria; la obstinación que ha acompañado esta irreverencia económica desde luego jamás prosperará; por todos es sabido y en expresión de especialistas nunca fueron incorporados estudios de viabilidad y puesta en marcha de proyectos con ambición de una falaz trascendencia. El verdadero significado de obra que la perpetuidad pondrá en duda, siembra en la obstinación y el capricho una fatua lección de empleo del tesoro público. La fatuidad radica en la empresa que coleccionará una verdadera cauda de asomo de incompetencia y de improvisación.

De momento resulta imposible cuantificar los yerros porque el dispendio se encuentra en boga; la opacidad imperante es de dimensiones colosales y la apreciación inmediata es el impacto en la deuda y en la insatisfacción de los mismos programas clientelares en donde abunda el desorden presupuestal, el descontrol de padrones de beneficiados y la corrupción. El disfraz popular del sustento de programas ya se cayó de tiempo atrás; no existen jóvenes construyendo absolutamente nada, no existen siembras de vida ni de otro orden conocido, no existen programas alternos de salud como tampoco existen programas de abasto de medicinas y fármacos. En resumen, el fracaso de esta transición es tan evidente como la desproporción que existe entre el ingreso y el dispendio.

El gobierno de la supuesta transformación se encuentra en desahucio de metas y de factibilidad operativa; se han mezclado doctrinas de adhesión al retroceso con los verdaderos planes de una economía abierta y con tratados vigentes con las potencias del norte. Los desafíos y bravatas de un presidente sin verdadera orientación en un mundo moderno han castigado plazos y redenciones de auténtica viabilidad para el país. Ceñirse a los plazos del dictado constitucional sería la vía recomendable en la recomposición que vendría en 2025. Las tareas de la recomposición del capital en la inversión y en el empleo ya se encuentran en marcha. Los costos que vendrán de esta improvisación y ocurrencia serán generacionales, lastiman el horizonte de una nación que aspira a metas supranacionales pero no lo derrotan. La pausa será de tres largos años pero será una pausa a fin de cuentas. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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