El aberrante concepto de autosuficiencia

Como cada lunes, Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas en la economía de México.

4 de julio, 2022

Unas décadas atrás, México sustituía importaciones bajo un esquema de protección a una industria incipiente, incipiente por las ventajas comparativas del mundo industrializado de entonces. Los días de reconstrucción de la Segunda Guerra Mundial ofrecían un panorama atractivo para el acero mexicano, para el aluminio, vidrio y otros componentes de infraestructura para naciones dañadas en la Europa Occidental. La cautela del modelo mexicano acomodó una dualidad en la formación de capital con el Estado. Algunas industrias básicas recibieron inversión pública, otras recibieron inversión extranjera directa, pero con el condicionante de no controlar el bloque accionario. Nacía un prometedor futuro para la nación mexicana. 

El modelo mexicano enseñaba al mundo disciplina y cordura ante una vecindad que en años previos se estimaba acechante y la historia mostraba ese acecho constante como un derrotero si no colonialista, si de imposición que trascendía los límites comerciales. La relación con los Estados Unidos allanaba las asperezas de un siglo anterior y desde finales de los años cuarenta anunciaba otra cara: la del respeto. Surgía entonces, desde la perspectiva de la paz, el acuerdo tácito y formal que respondía a los preceptos de la época que reunían cooperación y reglas. México se adhería con prestancia a doctrinas emanadas desde el pensamiento liberal heredado de una Reforma regidora de la importancia del capital y el acervo para generaciones posteriores. 

La modernidad anunciaba el orden mundial primero que nada. Eso hacía relevante la importancia del capital extranjero. El despegue de organismos internacionales a partir del fin de la guerra en 1945 hacía del mundo libre un acercamiento en ideas comunes, principios y natural conveniencia. México alistaba su industria, sus riquezas naturales y concedía en lo interno, la premura de los perecederos como premisa esencial para hacer presencia en mercados lacerados en sus suelos. Se descubrían beneficios ocultos por la simple observancia de las bondades de la extensión territorial y climas benignos en la preservación del alimento y dieta nacionales. 

México descubría sus ventajas comparativas. Eso constituía el mejor de los inicios para evaluar fuerzas de producción, mercados, competencia y oportunidades jamás contempladas. Era preciso incentivar medios productivos. Cierta tecnología invadía nuestro espectro, cierto, pero ampliar las bases en una nación tan extensa se convirtió en un reto singular. Por un lado, el Estado medía sus capacidades para nunca interrumpir su misión de servicio y al mismo tiempo no abandonar empeños privados limitados en su fundación de capital. Gran parte de esa prerrogativa se resolvió mediante el esquema del fideicomiso. El Estado amparaba funciones específicas sin que necesariamente incurriera en un riesgo empresarial, que no le correspondía.

En los años de incentivo a funciones productivas se pensó en consolidar la representatividad de la función fiduciaria en el prestigio y especialidad de instituciones como Banco de México y Nacional Financiera. Así fue que el primero radicó en sus funciones el Fondo de Garantía y Fomento a la Agricultura, Ganadería y Avicultura, FIRA, y el Fondo Nacional de Equipamiento Industrial, FONEI. La segunda creó el Fondo de Garantía a la Industria Mediana y Pequeña, FOGAIN, hoy PYMES. El mecanismo normalmente recurría a fondos etiquetados del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, que a tasas blandas permitía una gran amplitud de recurrencia al crédito. Los fondos operaban en segundo piso como vehículo de descuento y la banca comercial absorbía el riesgo y la operación crediticia. 

Los años perfeccionaron la banca de inversión y durante los años de la expansión de eurodólares, los créditos sindicados hicieron su parte con la tasa londinense, LIBOR, por debajo de PRIME de los Estados Unidos. Se entendía entonces la Estructura del Capital y el Costo del Capital para evaluar inversiones redituables. Se asimilaban las experiencias de países industrializados para proyectos de capitalización y por primera vez se entendía el mundo como proveedor de componentes a la vez que México experimentaba la exportación de producción no terminada. 

Esta experiencia o colección de experiencias derivó en un Tratado de Libre Comercio en 1994. Los beneficios acumulados de la globalidad desde ese año y los incorporados al capítulo agropecuario diez años después fueron interrumpidos en 2018 ante el arribo de un pensamiento contrario. Ese pensamiento contrario basa sus expectativas en un modelo retardatario y regresivo a las fórmulas del control del Estado en renglones superados no solamente por la nación, por el mundo entero. La energía en particular ha sido el tema central, pero el supuesto modelo concentra las decisiones de exploración, explotación y comercialización en un solo ente, dando por cancelado el camino recorrido en la diversificación del riesgo. 

El regreso a la fórmula monopólica naturalmente contradice la expectativa mundial en innumerables renglones de cooperación, iniciando por la quema de fósiles y desdén por las fórmulas de limpieza del medio ambiente. Si reducimos el modelo de lo general a lo particular, el inicio ha sido mencionado en el entorno de aceptación mundial, pero las consecuencias en lo interno son verdaderamente desastrosas: la desviación del gasto corriente que adapta en la improvisación un financiamiento de sobrevivencia de nuestra petrolera y trata de equiparar un programa de inversión en mayor infraestructura, naturalmente choca con un plan de negocios. El manejo de deuda sin mesura agrava la situación por consecuencia; los plazos de pago no son correspondidos en los plazos contratados y los costos de emisión son castigados ante el riesgo latente.

Gobiernos anteriores reconocieron la necesidad de adelgazar la dimensión y tamaño de la economía para dar paso a los agentes productivos en su ambiente natural. De este modo, la intervención gubernamental alejaba prerrogativas rectoras y acercaba reguladoras. El esquema, por su acepción dogmática se denominaba neoliberal por la renovación del pacto social sin la intervención en la regla económica. Las apelaciones a la función del capital pueden ser variadas para no prestar terminología a la descalificación constante que se hace desde los rincones que retan las fórmulas del progreso en la simulación de la acumulación, que enarbolan como mal de una época o épocas. Al socialismo hago especial referencia. Es por ello que se ha optado por economía de mercado para delinear el actuar dentro de un marco global.

De la acepción no doctrinaria sino fundamental y universal a la vez, para dimensionar la globalidad, a la práctica de un absolutismo y un centralismo desviado de toda realidad, transitamos con un lenguaje disperso en el tiempo y una obstinación perversa bajo la tutela de un hombre que revierte el progreso y lo anula en un discurso que incorpora la autosuficiencia como instrumento equiparable a la pérdida sensible de un pensamiento constructivo, cimentado en bases más ciertas y alcanzables. Autosuficiencia, se convierte en la meta más pobre de un país rico.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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