Economía sin sustento

De una economía en marcha y creciendo, a una economía estancada y aún más, en franco declive, cualesquiera las causas, el lenguaje de apreciación cambia diametralmente para ubicar en la recuperación la única salvaguarda. Desde luego, deben...

11 de enero, 2021

De una economía en marcha y creciendo, a una economía estancada y aún más, en franco declive, cualesquiera las causas, el lenguaje de apreciación cambia diametralmente para ubicar en la recuperación la única salvaguarda. Desde luego, deben coexistir todas las fuerzas que una nación posee en la edificación del producto. El ciclo inicia en las cadenas productivas; en este espacio se ha insistido en la reactivación del abasto como primicia esencial. De esta preocupación, derivarán los valores agregados en la mano de obra y los costos pertinentes que harán su función de descuento hasta llegar al precio de un producto terminado o de un servicio.

De esta cadena que es la única responsable del empleo, derivará una oferta dentro de un mercado, o varios; de esa oferta en competencia con otros agentes productivos se establecerá un equilibrio entre la oferta y la demanda. El ciclo redundará eventualmente en un robustecimiento del consumo interno de la gran economía. A mayor consumo, mayor recaudación del impuesto basado en el precio de venta, que aún cuando se sostiene que grava el valor agregado, el efecto no dista de su concepción de recaudación. 

De esta misma cadena, los agentes económicos deducen todo costo inherente al precio y el margen o diferencia, llamado utilidad, constituye una base gravable para contribuir a la renta del Estado. En una economía próspera, esta renta puede coadyuvar como una variable para alentar la inversión a través de la reinversión de utilidades o invitación directa del capital. En las economías deprimidas no existe esta maniobra y juego de variables. México no solamente tiene una economía deprimida, la tiene estática desde el inicio de la pandemia. Unos meses atrás, México enfrentaba una recesión en puerta. El estanco se aceleró por el desequilibrio en las unidades productivas. La demanda de manufacturas y bienes no perecederos se frenó de tal modo que todo valor agregado sufrió una contracción.

Los efectos inmediatos en el desempleo anularon la capacidad de refuerzo de los mercados internos y de este efecto devastador un millón de empresas y negocios entre pequeños y medianos cerraron su actividad en forma permanente. La economía mexicana no es ajena al entorno global, desde luego; la pandemia es mundial, pero las bases de recuperación de otras economías han encontrado respaldo en los plazos crediticios, en la estructura de captación fiscal de los gobiernos y en la redención de los compromisos de cada agente económico. En México no ha existido pronunciamiento alguno en esa dirección. Por el contrario, esta administración en turno provoca obstáculos en lo que podría convertirse en diálogo tendiente a la recuperación.

Recientemente ha surgido el tema que por anglicismo o costumbre, esta administración condena. La subcontratación, traducción formal del outsourcing, encuentra un destino incierto por la falta de conocimiento del tema, en el que participa el gobierno mismo. Esto quedará resuelto de una forma u otra y la controversia subsiste y resiste en la esperanza de salvar millones de empleos. La apuesta a la solución radica en la fuerza empresarial y en la revisión de la legislación correspondiente. El tema no es menor por el daño que causaría su alteración y práctica; pero el centro de un debate por demás innecesario como este, provoca un efecto retardatario en la consecución de políticas públicas más apremiantes.

Si unimos este retraso al de docenas de circunstancias que reclamarían urgencia en la recuperación de nuestra economía, encontraríamos la respuesta a la inacción latente de este gobierno. Enfrentamos situaciones insalvables en la opacidad de actos de gobierno, en la asignación de contratos de proveeduría gubernamental, en la secuela interminable de protección de personas no aptas para cargos públicos de verdadera especialización. En un modelo de Tiempos y Movimientos México saldría con una calificación no aprobatoria.

El tiempo y los tiempos ya traicionan todo precepto de aliento en la ruta de la recuperación. El presidente pierde tiempo valioso en un ejercicio que no cubre ni comunicación ni diálogo con la sociedad. En ese tiempo, se difunden minucias, que no atienden las necesidades de la verdadera vida pública, la que inunda la escena de las redes y la prensa, la que inunda el conocimiento de todas las acciones que pasman a una sociedad inerme ante los abusos y despilfarros a la vista de todos. La sociedad contempla descomposición en el uso del poder y del recurso, contempla el amparo de una impunidad y un tránsito vulgar de desperdicio de riqueza de la nación.

Al derroche sin medida se une la concepción de una base falsa que en una imaginaria de sostén de ingreso, se apuntala una pirámide que invierte la derrama desde la inversión y la creación de riqueza para desde la base dispersar un ingreso provocado en franco desafío de las cadenas productivas. La supuesta teoría ascendente nutriría mercados internos. No ha sucedido así por obvias razones económicas: la dispersión de la renta pública es un ciclo viciado de origen; la renta es producto del agente económico inserto en los mercados abiertos a la competencia y al riesgo. La dispersión ignora dos preceptos fundamentales: la participación del ingreso sin empleo formal en las cadenas productivas y la contribución marginal al producto.

En economía no puede ignorarse el valor agregado como un componente y detonador del ingreso; desde el punto de vista de la dispersión del presidente, como pretexto de afianzar la base menos protegida de la sociedad y combatir la pobreza, simplemente ignora o anula la fuente de creación de la supuesta dispersión en la renta derivada del agente económico. El juego se convierte en un acomodo de partidas en las que el ingreso del Estado se circunscribe a conceptos fijos de egreso sin retorno cierto. En otras palabras, el egreso conceptual de lo que el presidente llama programas sociales no tiene estructura de captación, tiene programas sueltos sin padrón y provoca volúmenes de dispendio sin control.

La expectativa de recuperación desde la posición gubernamental no puede darse por la concepción que se crea en derredor de las políticas de atención de los órdenes que no obedecen a los requerimientos de las unidades que aportan al producto. El equívoco radica en la percepción creada desde el poder para cubrir satisfactores no existentes. Una sociedad no convocada jamás podrá tener voz en materia de satisfacción y la concepción de bienestar no puede ser inducida. Con estas miras, la economía no puede tener sustento. 

 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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