Economía: se trata de no entender…

Como cada lunes, Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas del actual régimen en la economía mexicana.

6 de junio, 2022

Entenderse con el pasado, ignorar el presente y desde luego desdeñar el futuro, es la esencia de este movimiento auto llamado cuarta transformación. Lo encabeza un solo hombre, predecible en palabras y actos, predecible en reacciones y predecible en su afán perdedor. Se llamará presidente en los 800 días que restan de su mandato; se llama o se le llama de mil maneras, despectivas todas, ante un fenómeno inusitado de aceptación popular que esconde designios y prerrogativas de abuso de poder, de ocultas ambiciones de permanencia, de interpretaciones erróneas de la historia y sus legados y acervo, de alerta a llamados extrapolados en la desmesura y la desfachatez plena. El pasado que revive el presidente no existe, es imaginaria compulsiva, incitada desde el rincón de una ignominia forjada en el abandono de su edad temprana, en el albor de la violencia y la revancha de males adjudicados como frontera de acción inducida a un solo Ser, imaginariamente destinado a otras latitudes, de redención todas.

En ese espectro se encuentra el haber nacional, en esa tesitura frágil se encuentra el corto plazo de una nación capturada en un rescate falsario, en un rescate de las ideas de acumulación y privilegios enumerados desde un púlpito gnóstico y sancionador, desde una condena a la aspiración natural del individuo, desde una fortaleza cimbrada en obsesiones de revancha, todas. Obsesiones al por mayor para derrotar las razones de unos y otros, para dirimir en juicio estentóreo lo que nunca se le concedió al gobernante en turno, para condenar todo lo privado en toda la extensión de la palabra, para justificar la invasión del pensamiento, el privado también. 

Se trata de no entender, de eso se trata este pensar en turno. No se trata de retar, esa etapa ya pasó y pocos la entendieron: se trata de invadir, de evadir, de no aceptar, se trata de no enunciar las opciones que brindaría el sentir colectivo, el sentir democrático. Se trata de no brindar oportunidades de disentir, se trata de no escuchar, se trata de nunca encontrar disidencia. De eso se trata. El aislamiento es el mejor proceder para nunca recibir crítica, para nunca recibir un costo de oportunidad, para nunca recibir la siguiente mejor alternativa. 

La transición de gobierno actual se encuentra inmersa en un fracaso anunciado en materia económica; el fracaso económico es irrenunciable, no exhibe paradojas como tampoco exhibe caminos no tomados. Los hechos confirman el destino de los recursos mal empleados, mal orientados. Parece mentira que las enunciaciones de fracaso sean tan simples y estén a la vista de todos: abundar en una cancelación de un aeropuerto de talla internacional para reinaugurar un engendro de una base militar que opera desde 1952, añade a la engañifa de un sistema populista que nace, como toda facción popular, del éxito y la marcha de una economía pujante. 

No es preciso añadir la magnitud del sueño disperso entre la grandiosidad y el desquite generacional que pretende sembrar obra perpetua y faraónica, que emula la grandiosidad de los imperios desde Constantino, sueños no aplacados y colmados de estulticia para entender la cortedad de visión generacional de un régimen que busca todo menos gobernación. El legado no se cifra en piedra monumental, la civilización ha dado cuenta de ello: la etapa histórica ya sembró suficiente memoria. Las religiones ya dejaron lo suyo. El mundo de las ideas ya marcó su herencia en el Siglo de las Luces y la Enciclopedia dio un vuelco al conocimiento para no revolver presagios nuevos conocimientos en la cultura y el saber.

Nunca falta la pretensión de la redención social, nunca falta la usurpación del sentimiento individual para situarlo en una colectividad anónima, sin rostro. Eso es socialismo, eso es el arrostro y la arrogancia de una interpretación sepulta en los anales de la producción que desechó las fórmulas del capital como esencia, como cuna y semilla de la creación de nuevo capital para trascender y no como riqueza estacionaria como la contempla el modelo del reparto social. La visión del socialismo es contemplativa, estática; se convierte en numérica cuando invade privilegios forjados fuera de su esquema y nunca es capaz de reproducirlos. 

El socialismo no aporta nada jamás; el socialismo justifica pero no crea, el socialismo invita a una procreación igualitaria sin los mecanismos émulos de su pensamiento de discrepancia, llámese capital creado por otro modelo de creación de riqueza, el que sea, absolutista, monárquico o inquisitorial, pero creador. Cuando la rebelión al capital falla, entonces recurre a la intemperancia, la resolutiva de forma, jamás de fondo. La rebelión acude a las prerrogativas de igualdad, si, pero igualar no significa equiparar la degradación a una supervivencia en aras de la línea marginal de subsistencia. 

Entonces vienen las aleccionadoras reglas de la participación comunitaria a dictar modo de vida. Entonces vienen las capturas emocionales para demostrar que el despojo de los bienes era destino irredento generacional para disminuir prerrogativas de arriba y depositarlas en las capas de abajo. El acomodo doctrinario no existe porque las fórmulas de producción se interrumpen en esa prédica de igualdad. La igualdad se desploma en el primer despegue de las cadenas productivas y la brecha del ingreso se borra para los que menos pudieron aspirar de inicio. 

Entonces viene la comodidad: no entender. No entender no es disimular; pretender que el mundo camina en sendas diferentes no hace a un lado el entendimiento y la razón. Descalificar es la otra vía de la sinrazón, anular también, desviar la atención del terreno ganado con fórmulas ganadoras es populismo ramplón, populismo de discurso vacío y retador. Eso hace el presidente mexicano en turno, lo hace todo a la vez: descalifica, anula, desvía y ofrece una salida para nunca someterse a juicio. En su precaria concepción de gobierno, entiende que el terreno trazado para nuestra economía, en franco declive, es preciso –o conveniente- no entender…

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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