Discernimiento y secrecía

Distinguir por medio del intelecto una cosa de otra o varias cosas entre ellas, apunta el diccionario para ilustrar este verbo transitivo, discernir. El discernimiento de nuestra situación actual, especialmente en el terreno económico ya no recae...

1 de julio, 2025 Discernimiento y secrecía

Distinguir por medio del intelecto una cosa de otra o varias cosas entre ellas, apunta el diccionario para ilustrar este verbo transitivo, discernir. El discernimiento de nuestra situación actual, especialmente en el terreno económico ya no recae en la especulación del momento, es situación ampliamente conocida e inunda desde la concepción que se tiene de la debilidad económica del gobierno en turno hasta la inflación que lastima el poder adquisitivo; es inocultable el fracaso de siete años en materia económica. Es inocultable el saqueo institucional y el despojo de reservas y otras reuniones de contingencia, ahora devastadas. Es inocultable la obra inútil y el costo que representa para la nación un día tras otro. Es inocultable una deuda acumulada en siete años que supera los siete billones de pesos. 

Transitar en este mar de ocurrencias e intentos fallidos de desarrollo no es cuestión de conocimiento técnico ni de datos precisos, como tampoco es interpretación de estadísticas o porcentajes que el poder trata de lanzar para disfrazar su incompetencia, es simple vivencia de subsistencia, de vida cotidiana, de la mesa de cada día y de sustento familiar. Ya no se trata de un intelecto que guía nuestra capacidad para discernir, se trata de una percepción ante el engaño que prometía algo muy diferente. De eso se trata. La espera tiene límites, los tiene en diversas fases de mejora; naturalmente el ingreso es prioritario pero la salud y la seguridad no son intangibles en una imaginaria que construye expectativas y las pregona en discurso y compromiso y el populismo que acumula siete años ya lo hizo. El discurso cumple su itinerante obsesión y el compromiso no se cumplió. Llamarlo inicio o culminación sería confrontación grotesca. Fracaso es el vocablo adecuado.

Si el individuo es capaz de discernir en sentido vertical, la primera conclusión sería el reclamo en primer término y en seguida la denuncia. Interpretar un plano de descontento y llevarlo a un terreno de interpretación general, la nación en este caso, no es tarea sencilla cuando las armas del gobierno retienen gran parte del sentir popular en lo que se ha denominado eufemísticamente programas sociales. Retener es el apunte correcto porque en esencia suprime el reclamo y lo diluye en la dispersión del recurso, recurso que es de la nación, convendría señalar. Si damos cuenta de la verdadera esencia del reparto de riqueza de la nación, cualquier intento social que pretenda sostener una prebenda obsequiosa, enfrenta una realidad en la creación del producto, llámese riqueza, con la acumulación que pretende simular el reparto que llama equidad. La equidad que pregona el socialismo no existe como tampoco existe el concepto de igualdad como lo concibe el esquema social, porque simplemente anula la capacidad creativa del individuo. 

El discernimiento enfrenta de cara todo intento de captación popular; la emoción que pudiera provocar la invitación del discurso a sumar conciencia individual deja de ser discernimiento y se convierte en franca sumisión. Eso hace el populismo, suma conciencias o las compra, como quiera verse. Pero viene la parte más interesante del proyecto social: el fracaso de la fórmula, el fin de la misma. El amparo fue temporal, en tanto la reserva o bonanza económica se agota. 

El producto de una nación da cuenta de un reparto, una sola vez; tal vez sea una expresión que en forma alegórica describa el proceso, pero en realidad eso hace; en nuestro medio la administración pasada lo agotó en menos de seis años. Cubrió su inoperancia con deuda, pero lo agotó. López Obrador agotó el tesoro nacional. Ahora viene una segunda parte del proyecto devastador: la secrecía; un anglicismo que denota guarda, reserva, custodia, no importa el término que se emplee, es el apremio por ocultar las formas del despojo, del abuso, de la prerrogativa que arroba el poder que dirime una dirección contraria a la discrecionalidad del recurso de una nación. Tal vez no exista un despertar del discernimiento a la secrecía de un gobierno que abusa de la voluntad popular, tal vez no lo exista en un lapso que digiera la fórmula del engaño y lo traslade al acontecer cotidiano en la precariedad, pero la realidad anuncia siempre su rostro inalienable en el sustento. 

Es el sustento el que se vive y se afronta. No existe fórmula que sustituya la necesidad no cubierta. Desafortunadamente, nos encontramos en una etapa de transición que día con día niega todo lo mencionado en los párrafos anteriores; la negación desde el poder y desde un micrófono desgastado en pronunciamientos estériles y repetitivos, no abona al despertar mencionado y en forma subrepticia, daña la percepción que se espera en el descontento de mayorías, o bien se instala por goteo. Si esperamos un punto de saturación, tal vez no llegue o tal vez llegue una vez se cancelen prerrogativas de reparto. No existen recursos suficientes para sostener este esquema; el embrollo del gobierno actual no es menor y el tiempo corre en acuse de recibo del desgaste y no de aceptación de gestión por más disfraz de cifras y encuestas a modo. 

En el escenario internacional hay secrecía también y mejor guiada que la del gobierno en turno; es secrecía con mayor efectividad porque viene acompañada de sanción. Ha sido gradual la escala de sanciones del gobierno norteamericano, desde cancelación de visas a actores políticos hasta cancelación de divisas a entidades financieras, todo bajo un telón de resguardo de información crucial, contundencia pragmática y hegemónica tal vez, pero con efectos devastadores en la confianza a nuestro gobierno y sus formas. Resulta paradójico que sea la secrecía que impera en nuestro medio, el resguardo de información que jamás reunió motivos de seguridad pública, como pretendió simular la administración pasada, la que venga a castigar desde el exterior la misma fórmula y con distintas miras que reúnen una más grave: el aleccionamiento.

México sin futuro energético

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.

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