De la desesperación al despojo

Como cada semana, Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas del gobierno en la economía mexicana.

8 de noviembre, 2022

No solamente es la construcción de un discurso populista, es el planteamiento de diferencias que nunca llegan a convertirse en alternativas. Las alternativas llenarían el mismo espacio que suple la fórmula de cambio. El populismo resalta esta parte por ser trascendental en la convicción de impulsar la verdadera diferencia en la asunción al poder. El populismo vive de un “antes” pletórico de fallas en la mira del sostén social. Nunca apunta al origen verdadero de las diferencias en los estratos sociales. Apunta siempre a un futuro de redención de las capas sociales como simple reversión de tenencia, ignorando los derechos o prerrogativas que pudieron haber marcado esas diferencias. Esa tenencia es crucial para entender la fórmula popular, porque en términos llanos significa propiedad. 

La línea que separa la fórmula social no es simple miramiento de los órdenes productivos o la tierra como factor clave en el haber alimentario, la verdadera línea es de división entre productores y recipientes de procesos productivos en la última etapa y esa etapa se llama consumo. El populismo cimenta sus bases ideológicas en esa parte y la razón es muy simple: el control del satisfactor. Desde luego el populismo ignora en forma sistemática las cadenas productivas porque reflejan las necesidades reales de la producción: materia prima, trabajo y costos. La inversión de la fórmula centra sus objetivos en la satisfacción, sin olvidar que esta última fase es producto terminado y de esta surge la renta nacional. Al concentrar su atención en esta fase, la reunión de masas es paso subsecuente para siempre dotar de la más elemental necesidad, la primaria, el alimento y otras que vendrán después, hasta llegar a la captura emocional de protección.

No olvidemos que la fórmula social se sustenta en un reclamo, reclamo que adquiere mil formas, pero el más elemental es la desigualdad. La óptica del populismo es verdaderamente simple y no obedece a ninguna percepción singular en el Contrato Social. Realmente no existe una ideología social como tal, porque esto retaría el abierto camino de la correspondencia en las relaciones laborales de todo el orbe. Y si las relaciones laborales de todos los niveles encuentran aceptación universal, las escalas de educación superior también respaldarían esta percepción. Podemos repasar una acepción comentada en este espacio con frecuencia: el socialismo o esquema popular nace siempre de cierta bonanza económica y naturalmente de cierto orden como precepto normativo de la gran economía. 

Al hablar de bonanza, la referencia inmediata es al crecimiento de la economía. México y su economía reunían décadas de crecimiento sostenido, tal vez al margen de sus socios comerciales pero a un ritmo sostenido. La creación de reservas y de previsiones no fue ajena a administraciones que pensaban en legados de estabilidad. De contingencia también. 

Esta trayectoria ha quedado atrás y las razones si no se encuentran a la vista de todos, entonces la percepción del mundo moderno quedaría anclada en un compás de espera y de recomposición para dar cuenta de un gobierno devastador como es este llamado por sus impulsores cuarta transformación de la vida pública del país. 

La verdad es que no hay tal pasividad y la espera se torna insostenible. La división creada por esta visión simplista de gobierno es patente y lacera no solamente la dilapidación del haber público, lastima todo el orden disciplinado de la producción, el clima de convivencia y el ambiente de trabajo. La confusión que mezcla la mira del consumo como elemento primario en el sostén de un discurso implacable contra las formas de civilidad en los sectores que impulsan la economía, provocan un desconcierto que encuentra eco firme en reclamo de mayor sonoridad y contundencia. Nuestra economía ha sido desviada de la infraestructura y de la demanda coherente con las fórmulas del desarrollo; nuestra economía ha sido invadida por el bandidaje y el despojo. No existe utilidad pública en apropiarse activos de la nación. El despojo inició en Texcoco; los eufemismos situaron cierto orden de paciencia, de pautas que dieran alguna luz o algún grado de corrección de actos impúdicos de esta administración. Nunca se dieron, nunca se darán.

No es ni ha sido ajeno este espacio en la conjunción estricta de cifras, de números que delatan el fracaso intencional en el desboque de nuestra economía. Se ha mencionado la pérdida patrimonial de la petrolera, la incapacidad de CFE para afrontar expansiones de capital para la liberación de energías alternas; también se ha denunciado con números, la captura de reservas y fideicomisos. Cuatro años de una labor analítica y seria. Esta administración ha superado todas las concepciones posibles de tolerancia del mexicano emprendedor. Ha superado todas las posibilidades de equilibrio de poderes. El llamado a la voz firme de la empresa mexicana, de la colectividad en la que impera el capital, no como factor hegemónico, como factor de cohesión, no es nuevo en este espacio. El producto de la nación no descansa en la temporalidad de un hombre que no concibe la cohesión, que no concibe la economía abierta para el brillo de la especialidad y el talento mexicanos. 

Los tiempos apremian y la gradual depredación de nuestra hacienda, hace mella en el futuro cifrado en deuda incontenible. Sencillamente no podrá solventarse; ha sido demostrado en entregas anteriores, no con esta visión cerrada y obtusa del presidente en turno. No existe presupuesto sostenible ante esta derrama sin destino. No existe presupuesto cuando las metas son oscuras, inconfundiblemente retrógradas. Di cierta cuenta de la captura emocional en espacios anteriores y en renglones de este texto; el populismo no cesa en ese espectro, sin costo de plazo de por medio. Los recursos son finitos cuando se interrumpe la creación de nuevas fuentes. Eso no lo concibe el modelo populista. Instalar esa premisa e instalarla con premura, es imposible y provoca desesperación y la desesperación es del presidente actual, innegable por cierto. Queda la advertencia para los hombres del dinero que debieran responder –que ya no fue a tiempo- porque el despojo de inicio no es nada con los objetivos que tiene López Obrador en el ahorro mexicano.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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