Así no, presidente…

Los preceptos económicos son para interpretarse, para guiarse, para situar circunstancias y aprovecharse pero no para desafiarse. Contestar reglas de ortodoxia universal no es prerrogativa del poder, es prerrogativa que equilibra y pondera situaciones, geografía, marginalidad y...

28 de septiembre, 2020

Los preceptos económicos son para interpretarse, para guiarse, para situar circunstancias y aprovecharse pero no para desafiarse. Contestar reglas de ortodoxia universal no es prerrogativa del poder, es prerrogativa que equilibra y pondera situaciones, geografía, marginalidad y recursos. La historia económica, la que circunscribe este texto, muestra los aciertos de concentración de capital y los desaciertos en la distribución de los beneficios. Nada duele más que los efectos del predominio, nada lastima más que la concentración de riqueza que aparta las necesidades más elementales de la humanidad.

Los caminos de las economías de las naciones no son preámbulo de cobertura y dotación de satisfactores; tal vez la asertividad de este concepto difiera del principio de acumulación y de maximización de utilidades de los entes económicos y productivos de toda nación-estado. Tal vez la economía no es una ciencia diseñada para ver todo y por todos en todo momento. Tal vez sus raíces lo sean y las naciones modificaron su intención original en la distribución de recursos.

Pero los siglos han dejado su huella en el quehacer económico, han dejado sin duda todo tipo de experiencias; la Revolución Industrial rediseñó un concepto de contribución marginal. Nacía una relación costo-precio-utilidad. Con los años entendimos la necesidad del crecimiento en el sentido de ampliación de margen y penetración de mercado para renovar capital, esto es, la base original de despegue del agente económico. También entendimos que la renovación de capital es renovar la planta y equipo para reanudar el ciclo de producción que jamás se interrumpe.

Las bases del crecimiento cimentaron una trayectoria que se interpretó en paralelo al desarrollo. No se puede desviar una concepción de desarrollo, concepto que integra etapas de formación, de cultura, de integración de las ideas y finalmente de convivencia. Tal vez esta última sea la clave del bienestar al que usted alude con frecuencia. Quisiera pensar que metas tan sublimes son metas de gobierno, pero el método adoptado para llegar a este nivel de subjetividad debe pasar por todos los filtros de la ocurrencia de hechos que un modelo de economía aporta. 

La austeridad republicana que usted ha mencionado como principio toral de su pensamiento económico, simplemente no existe; no es complejo situar una cronología de su modelo de austeridad a tan solo 22 meses de gestión. El inicio trastocó, término que simuló un despojo de un activo de la nación, en Texcoco. No era un proyecto, era un activo de una nación ávida y necesitada de comunicación aérea para convertir una facilidad de esa envergadura en insignia continental y mundial. Su programa continuó con eufemismos y símbolos que desvelaron verdades a medias en la conservación de fuerzas de orden, en residencia, en equipos de protección y en utilización de recursos que supuestamente no existían.

Las cancelaciones y los recortes sin miramiento de partidas presupuestales existentes y en marcha, dejaron huecos de asistencia pronta y oportuna del contrato social. El tratar de cubrir con vías alternas para eliminar la intermediación, condenada como práctica desleal al ejercicio público, alteró la función primordial de oportunidad y en ocasiones no fue restablecido. El ahorro cifrado y presupuestado derivado de la corrupción que estimó en 500 mil millones de pesos se tradujo en una imaginaria y en un derroche anticipado como cierto. 

No existe un antagonismo con fórmulas del pasado, pero el contexto que contempla la autosuficiencia y cierta cerrazón de la economía no es viable en esta época, sobre todo si se considera la integración del país a una globalidad vigente y sólida desde 1994. La mira que usted propone ha desviado fortunas a la recomposición de nuestra petrolera sin planes de negocio. Resolver situaciones de contratos internacionales en cortes del exterior ha provocado situaciones y pasivos de contingencia con incidencia directa en la deuda. 

El tema de la deuda no le gusta porque insiste en no acudir a emisiones de papel; no habría nada grave en ello, pero la proporción con respecto al producto está por llegar al 60% y la creación de infraestructura para acompañar este nivel, no se ha creado. Le han convencido de un déficit primario y una conducción de disciplina fiscal que ha sido respetada con buenos márgenes. El problema es el abandono en esta área al creador de recursos y riqueza: la empresa mexicana. Sin incentivos fiscales, la mitad o más de las pequeñas y medianas jamás reanudarán sus actividades. 

Ha regresado al país a hacer del Estado mexicano un Estado empresario. En esto existen dos agravantes: ignorar la demanda empresarial y el riesgo. El primer punto es crucial porque los gobiernos nunca deben trabajar del lado de la oferta. La iniciativa privada se llama así precisamente porque de ella emanan las iniciativas que conforman o contemplan oportunidades de mercado. Las empresas y los agentes económicos demandan infraestructura para mejorar todo aspecto de su especialización y de sus ventajas comparativas. El gobierno se convierte en receptor de esa demanda y la cubre. En proyectos de gran escala comparten riesgo y caminan pari passu.

El segundo agravante es el riesgo. Los gobiernos de México y el mundo idearon la forma de capitalizar proyectos necesarios, en algunos casos oligopólicos y monopólicos con el único propósito de aprovechar circunstancias de demanda del exterior, como fue el caso del acero y el aluminio mexicano después de la gran guerra. En estos casos, sin competencia, los mercados eran seguros y el riesgo se diluía. Ya no es el caso hoy. Los gobiernos no deben ser empresarios por la sencilla razón de que su fuente de capitalización se nutre de dinero público y la exposición de riesgo se afronta con presupuesto que altera todo propósito de cobertura pactado de antemano con base presupuestal de ingresos sin ninguna interferencia y menos aún, deuda.

La imposición de miras desde el poder pudiera ser contemplada si las circunstancias de la ciudadanía demandaran alteraciones, como desastres o pandemia, pero la disposición de recursos cuantiosos en obras no demandadas y costosas, con compromisos de gran tamaño en la escala presupuestal, es una contradicción al compromiso de velar por el orden económico de la nación entera. 

La vigilancia de calificadoras de inversión, la observancia de inversionistas, el anhelo de planes de expansión de instalaciones propias y multinacionales se traduce en señales y en certeza jurídica. Si se continúa la vía de las consultas y se cancelan inversiones en marcha, las señales son adversas a la inversión. Ya padecíamos una recesión sin pandemia. Es preciso dar orden a la invitación del capital. Sin capital nuevo y fresco no hay recomposición de la economía. Con el modelo actual, no se dará, así no…

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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